miércoles, 2 de junio de 2021

Natalia Garayalde, "Esquirlas" [2020]


El 3 de noviembre de 1995 explotó la Fábrica Militar de Río Tercero, en Córdoba, Argentina. Más de veinte mil proyectiles impregnados de fósforo blanco cayeron sobre la ciudad, dejando un primer balance de 7 muertos y 300 heridos. El gobierno del infausto riojano Carlos Saúl Menem, que había firmado meses antes decretos de venta de material bélico a Panamá y Venezuela, quiso zanjar raudo la investigación causal declarando que se trataba de un lamentable accidente, enmascarando el motivo posteriormente revelado: fue una explosión intencional destinada a encubrir una carencia de armas y municiones consecuencia de la venta ilegal a Ecuador y Croacia, en aquel año implicadas en el Conflicto del Alto Cenepa y en la Guerra de los Balcanes respectivamente. Las circunstancias del suceso las filmó, fragmentariamente, con gran poder emocional, una Natalia Garayalde de 12 años de edad.

martes, 1 de junio de 2021

Theo Anthony, "All Light, Everywhere" [2021]


Un acercamiento a dos de los últimos avances de la industria de la vigilancia en su tozuda carrera por superar las limitaciones de la observación ocular y las imperfecciones deformantes de la memoria: la cámara de Axon Company Axon Body 2, extensamente usada por la policía de Baltimore, y el proyecto de vigilancia celestial de Persistent Survilliance System, 'un Google Earth a tiempo real', ensayado también en la conflictiva área metropolitana de la ciudad de Maryland. “Arma. Ojo. Archivo. Interpretación. Automatización”: el espanto de una tendenciosa utopía técnica que pretende aspirar a proporcionar una mirada neutra sobre el mundo.

domingo, 30 de mayo de 2021

Sam Soko, "Softie" [2020]


Durante los disturbios kenianos de 2007 y 2008, Boniface Mwangi, que ejercía como fotoperiodista, cubrió con su cámara la violencia desatada en el país, que dejó un saldo de 1.200 asesinados y más de medio millón de desplazados. Fue la punta de lanza de un compromiso constante por la superación de las divisiones tribales heredadas del colonialismo, que le llevó a presentarse a las elecciones generales de 2017 como candidato del distrito electoral de Starehe en Nairobi. El documental sigue de cerca la vida cotidiana de Mwangi y su familia durante la campaña electoral, atravesada por las amenazas de muerte, mientras deja entrever las vicisitudes de la corrupción del sistema democrático keniano: asesinatos extrajudiciales de personas incómodas para el régimen, compra masiva de votantes, etc.

miércoles, 19 de mayo de 2021

Luiza Schultz, "El otro confinamiento" [2021]


"¿Y aquéllos que no tenían hogar? Los que vivían en los espacios públicos, en los bajos de los pasos elevados, los que acampaba alrededor de infraestructuras como estadios de fútbol o edificios a medio construir, los que residían en albergues temporales o en instituciones caritativas, los que acababan de salir de prisión sin lugar a dónde ir, ¿cómo se iban a quedar en sus casas? Pues con mucha dificultad. El dichoso lema estaba pensado, claramente, desde las coordenadas de quienes dan por supuesto que toda familia de bien posee una casa con aire acondicionado, cristales aislantes, instalaciones deportivas privadas, césped en las zonas comunes, videoportero, una buena conexión a internet y, por supuesto, una cuenta en Netflix. Para ellos, decir 'quédate en casa' era algo muy sencillo que todo el mundo podía cumplir haciendo un pequeño esfuerzo. Aunque se dejaban decenas de miles de personas sin hogar por el camino. Y a muchas otras a las que decirles que se quedasen en casa era condenarlas a sufrir unas condiciones de vida que casi hacía preferible contagiarse y ser internadas en un hospital.
Los vagabundos y los sintecho siempre han sido, como dijo Bronislaw Geremek, 'La estirpe de Caín'. Siempre recayó sobre ellos la sospecha de extender la miseria y las plagas por aquellas ciudades por donde pasaban. Las levas de vagos, los internamientos obligatorios de mendigos en casas de trabajo, los recuentos de menesterosos y las expulsiones de la ciudad han acompañado el desarrollo de nuestra historia moderna. Ellos han sido la contracara del progreso.
Durante el estado de alarma y el confinamiento, el tratamiento policial y el recurso a recluir a estos sospechosos habituales en albergues de emergencia, utilizando polideportivos municipales, gimnasios y otras infraestructuras, supervisadas por las fuerzas del orden y la industria de la filantropía -representada por las ONG, asociaciones religiosas, vecinales y de todo tipo-, dice mucho del tipo de gestión que cabe esperar ante cualquier emergencia dentro de nuestras sociedades de la crisis permanente.
Hoy mismo, en todo el mundo, hay millones de personas viviendo en alojamientos transitorios de este tipo. Afectados por la pobreza y la miseria, por la guerra, por los conflictos de fronteras, por catástrofes llamadas naturales. Millones de personasque desde hace mucho no se han podido quedar en casa. Millones de personas cuya descendencia nacerá ya en plena intemperie, sin hogar al que regresar, sin resguardo posible ante la peor de las pandemias: la de la economía de mercado que arrasa el mundo y su lógica industrial que aniquila, allí donde se despliega, toda posibilidad de una vida digna de ese nombre."

(Juanma Agulles, "La plaga de nuestro tiempo", 2020.)

jueves, 22 de abril de 2021

Les Parasites, "El colapso" [2019]


"Tanto por el tema que trata como por el eco que ha encontrado en ciertos círculos, la serie francesa El colapso, estrenada a finales de 2019, merece aquí nuestra atención. Sus ocho capítulos, salvo el último, muestran una sucesión cronológica de estampas de un hundimiento social cada vez más avanzado tras una hecatombe de la que no se dice nada, pero que ha actuado como un terremoto que ha arrasado instituciones, Estados, tradiciones y códigos de conducta que parecía sólidos. El contenido no tiene nada de novedoso para quienes conozcan el material apocalíptico que está tan de moda últimamente: un sálvese quien pueda generalizado, pérdida de los valores mínimos de humanidad, una inercia desesperada que se aferra a un bienestar que se ha desintegrado... Todo esto aparecía ya incluso en El día de mañana (2004), de Roland Emmerich, y a su vez muchos de los temas, como la falta de escrúpulos de los ricos cuando intentan salvarse del desastre, frente a la decencia de los menos afortunados, eran habituales en el cine de catástrofes de los setenta como El coloso en llamas. Si esta serie ha sido tan atractiva para algunas personas que pretenden concienciar a sus contemporáneos respecto al poco futuro de la sociedad industrial no es por sus personajes, que revisten una psicología de telerrealidad, ni por la espectacularidad con anabolizantes de los sendos planos-secuencia que conforman los ocho episodios (planos falsos, pues con la tecnología digital ya no hace falta ser Orson Welles), sino por una vieja obsesión del ecologismo: cómo 'llegar a más público' con un mensaje que sea atractivo y comprensible. El colapso cumple con esa función, porque permite que cualquier consumidor de series la entienda. Lo que no está tan claro es qué va a comprender, porque el imaginario que tiende a reforzar la serie es el de una concepción espectacular del desastre, retratado como un estallido inmediato por causas que la gente no quería ver, por mucho que unos pocos (lo que en Francia se llama ahora 'lanzadores de alertas') hayan avisado con antelación de lo que se avecina. Para empezar, según esta idea las poblaciones no se rebelan para salvar su futuro porque se las mantiene en la ignorancia, pero no porque otras razones sirvan para desalentar todo espíritu crítico, como nuestro apego al bienestar material o nuestra incapacidad para representarnos la amplitud de un derrumbe de ese tamaño. Además, y esto es lo más grave, semejante representación fulminante de la catástrofe excluye otras posibilidades, como un declive gradual (aun incluyendo saltos adelante en el derrumbe) que dure lo bastante como para aclimatar a las generaciones venideras en la aceptación de lo que hay.
El último capítulo de la serie, que se sitúa cinco días antes del ambiguo colapso, confirma esta ingenuidad de sus autores. El meollo del episodio es el alegato final que lanza un científico ante la ministra francesa de Medio Ambiente, en medio de un programa de televisión que él y sus compañeros de militancia han logrado interrumpir. En ese discurso se apela 'al poder político, al gobierno', para que haga 'una inversión multimillonaria en un esfuerzo de guerra histórico, para crear una sociedad sostenible. Y si los políticos no asumen su responsabilidad habrá que imponérsela, aunque sea por la fuerza'. Acto seguido, el mismo personaje hace un llamamiento a la población de a pie: 'Intenten organizarse. Intenten crear equipos, redes de ayuda, en las ciudades. En los pueblos, en los barrios. Necesitamos urgentemente... necesitamos ganar en autonomía. Tenemos que salir, sí o sí, del sistema que conocemos. Y tiene que ser hoy, no mañana. Podemos evitar las hambrunas, la sequía, podemos evitar millones de muertes. Podemos evitar los éxodos. Podemos evitarlo. Depende de nosotros. No vamos a evitar el colapso, pero podemos sobrevivir'. Si hemos subrayado las palabras 'necesitamos ganar en autonomía' es porque contradicen radicalmente la noción 'esfuerzo de guerra histórico' por el que clama el científico de ficción, ya que lo propio de tal esfuerzo es centralizar recursos y jerarquizar voluntades, lo que se opone a cualquier principio de autonomía o espontaneidad, mal que les pese a todos esos ecologistas que fantasean con 'estrategias duales' en las que a la 'sociedad civil' no le quedará, como mucho, más que el papel de servicio auxiliar del poder de Estado, como lo probó precisamente el confinamiento de 2020, donde las redes de apoyo mutuo se dedicaron a atenuar el daño producido por la medida, pero no a cuestionarla. En cuanto al proyecto de imponer, 'aunque sea por la fuerza', el programa de la sostenibilidad, lo podemos ver ya en actos en la actual política de restricciones que se ha creado en pocos meses en la lucha anticovid. No es difícil imaginar qué circos les esperan a los escépticos cuando los transitólogos, o como se llamen los futuros consejeros áulicos, establezcan los términos de nuestra supervivencia material en un escenario de penuria energética, económica y espiritual.
En realidad, la catástrofe está produciéndose ya, y la gestión actual del coronavirus no constituye un remedio para paliarla, sino un agravante particularmente pernicioso. Su nocividad no reside tanto en los innumerables 'daños colaterales' de dicha gestión, sino en el hecho de que está contribuyendo a crear una pantalla opaca que cubre la magnitud de la desposesión. Dicho de otro modo: lo más dramático de la Era Covid no es tanto la cifra de muertos que ha causado el virus, sin duda abultada, sino que habrá sentado las bases para reconstruir un mundo más autoritario, más cínico y más egoísta. Y, al contrario de lo que muestran las distopías televisivas, la realización de un futuro sombrío no será radicalmente opuesto a la sociedad contemporánea (por seguir con el ejemplo de El colapso, la oscuridad de los primeros episodios frente a la luz del plató del último); se deberá más bien a ciertos procesos tan transparentes como desagradables de admitir pero que habrá que encarar con lucidez, y que están dándose ya."

(Ander Berrojalbiz y Javier Rodríguez Hidalgo, "Los penúltimos días de la humanidad", 2021.)