viernes, 28 de diciembre de 2018

Inocencio III, "De contemptu mundi, Sive de miseria humanae conditionis" [1194-1195]

Un curioso tratado bajomedieval, de rabiosa misantropía, fue el redactado por la mano del infame papa Inocencio III, ustedes saben, roca de una Iglesia autoritaria y burocrática, pretendido reformador del apostolado por dar cobijo a Francisco de Asís en el seno eclesial, instigador de la inquisitorial furia contra los herejes y, entre otras viles gestas, responsable último de la cruel cruzada albigense, escrito antes de ser uncido como vicario terrestre de Cristo, cuando contaba con alrededor de treinta y cinco años, entre 1194 y 1195: "De contemptu mundi sive de miseria humanae conditionis". Un título no demasiado sutil: el desprecio del mundo o la miseria de la condición humana. Pretendía resultar, según sus propias palabras, un tratado ascético-moral que conminara al lector a dejar de lado la soberbia, pecado capital, 'cabeza de todos los vicios'. Son tres libros, plagados de erudición bíblica. El primero es una magistral exposición, realmente impactante, de la corrupción del cuerpo humano, qué duda cabe de que puede llegar a ser sumamente desagradable, el segundo es un sermón soporífero, alimento espiritual para straight edges, y el tercero una colérica meditación visionaria sobre la muerte, la parusía y el infierno, que allí, a padecer eternamente entre las llamas del fuego que jamás se extingue, seremos condenados en el implacable Juicio Final del sapientísimo Dios Nuestro Señor. Amén.


"'¿Quién dará a mis ojos una fuente de lágrimas' (Jer. IX), para llorar el ascenso miserable de la repetida condición humana y la salida condenable de la disolución humana? Pues consideré con lágrimas de qué está hecho el hombre: qué hace el hombre, qué hará. Formado sanamente de la tierra, concebido en la culpa, nacido para el dolor, vuelve depravadas las cosas no permitidas, feas las que son decentes, vanas las ordenadas, convierte el alimento en fuego, las comidas en gusanos, es una masa de putrefacción. Lo expondré más plenamente, lo diré con más claridad. El hombre está formado de polvo, fango y cenizas; y lo que es más vil, de semen inmundísimo; concebido en la comezón de la carne, en el fervor de la libido, en la pestilencia de la lujuria y lo que más deprimente, en la mancha del pecado. Nacido para el trabajo, el dolor y el temor y lo que es más miserable, para la muerte. Hace lo depravado, ofendiendo a Dios, al prójimo, a sí mismo; actúa torpemente haciendo sucia la fama, la conciencia, la persona. Convierte en vanas las cosas serias, útiles y necesarias. El alimento lo vuelve fuego que siempre quema y arde hasta extinguirse. Las comidas se trasforman en gusanos, que siempre roen y comen sin parar. Es una masa de putrefacción que siempre hiede y es suciedad horrible."

(Inocencio III, "El desprecio del mundo o la miseria de la condición humana", entre 1194 y 1195.)

Andrea Mantegna, "El Parnaso" [1497]

Isabella d'Este, duquesa de Mantua del Renacimiento, coleccionista de arte conocida por el impulso de patronazgo independiente, adquirió los servicios del hábil pintor Andrea Mantegna, quien elaboró las composiciones de su famoso ''studiolo', según el programa pictórico diseñado por la propia Isabella. Una de ellas es la obra conocida como "El Parnaso". Las muchachas, las Nueve Musas, danzan al son que tañe Apolo, plácidas merodeadoras del monte clásico, aquí, regido entre Marte y Venus, disfrutando de la Armonía del buen gobierno: Vulcano, el marido despechado, señala iracundo desde una gruta a los unidos por la gracia divina, y burlado por Cupido, que defiende como activo escudero el matrimonio, permanece impotente sumido en el rencor. El cuadro pretendía exaltar la unión de Isabella d'Este y Gian Francesco Gonzaga, un esfuerzo confluente que, ad maiorem gloriam, convertía en mítica la corte de Mantua.


Por aquellos años, escribía Pico della Mirandola,
"Venus amansa y mitiga a Marte, porque el poder atemperante reduce y sobrepasa la lucha y el odio que persiste entre los elementos contrarios. Similarmente, de acuerdo con los astrólogos antiguos cuya opinión siguen Platón y Aristóteles y de acuerdo con los escritos del español Abenazra y también con Moisés, Venus fue situada en el centro de los cielos a continuación de Marte, porque ella debe aplacar su impulso."

Roberto Saviano, "Gomorra" [2006] II

Roberto Saviano en el capítulo "Tierra de fuego" escribe sobre los 'skateholders', los intermediarios independientes que gestionan ilícitamente la producción de resudios tóxicos ofreciendo los necesarios servicios de transporte, indicación del lugar donde acometer el vertido y desclasificación del cargamento. "¿Te da asco este oficio? Pero Roberto, ¿sabes que los skateholders han hecho entrar en Europa a este país de mierda? ¿Lo sabes o no? ¿Y sabes cuántos obreros han podido salvar el culo gracias a que yo he hecho que sus empresas no se gasten un carajo?"


"Los vertederos eran el emblema más concreto de todo ciclo económico. Amontonan todo lo que ha sido, son la verdadera estela del consumo, algo más que la huella que todo producto deja en la corteza terrestre. El sur de Italia es la terminal de todos los residuos tóxicos, los restos inútiles, la escoria de la producción. Si los desechos que escapan al control oficial -según estimaciones de la asociación Legambiente- se unieran en un solo montón, su conjunto formaría una cordillera de catorce millones de toneladas: prácticamente como una montaña de 14.600 metro de altura con una base de tres hectáreas. [...] Es así como he imaginado el ADN de la economía, sus operaciones comerciales, las restas y sumas de los asesores fiscales, los dividendos de los beneficios: en la forma de esta enorme montaña. Una enorme cordillera -como si se la hubiera hecho explotar- se ha dispersado por la mayor parte del sur de Italia, en las cuatro regiones con mayor número de delitos ecológicos: la Campania, Sicilia, Calabria y Apulia. La misma lista que surge cuando se habla de los territorios con mayores organizaciones criminales, con la mayor tasa de paro y con la participación más alta en las convocatorias de voluntarios para el ejército y las fuerzas de la policía."

(Roberto Saviano, "Gomorra", 2006.)

Roberto Saviano, "Gomorra" [2006]

Con un "¡Malditos bastardos, todavía estoy vivo!" cerraba Roberto Saviano su impresionante best seller "Gomorra", quién iba a decir que el mismo día del estreno del primer capítulo de la segunda temporada de la trepidante adaptación audiovisual, Francesco Schiavone, hijo del histórico boss 'Sandokan', iba a ser detenido por la Guardia de Finanzas mientras veía en su morada una televisión colocada sobre una peana de oro sentado en uno de los sillones blancos, rollo el Pietro Savastano de los primeros capítulos. Alrededor de dos mil chavales seguirán disputándose cruentamente las plazas de venta de droga en los barrios de Nápoles, la mímesis de los gestos y hablares de los personajes ha hecho que un jefe de la policía italiana llegara a sentenciar 'no son camorristas, sino gomorristas'. Desempolven "La sociedad del espectáculo", 'la realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real'. Y ahí que ha quedado defenestrado Roberto Saviano, acusado de pesimista cósmico que retrata las nocividades de una Italia que es preferible ocultar. No hablar de los problemas no los resolverá, pero ¿qué hay de malsano en hacer una fábula fascinante con una caterva de matones sanguinarios, abyectos, traidores, ambiciosos, infames? La maldita guerra del dinero sigue imperando en la putrefacción del cadáver social. Disfruten del show.


"La tensión se convierte en una especie de pantalla que se interpone entre las personas. En la guerra, los ojos dejan de estar distraídos. Cada cara, cada cara concreta debe decirte algo. Debes descifrarla. Debes observarla. Todo cambia. Tienes que saber en qué tienda entrar, estar seguro de todas y cada una de las palabras que pronuncias. Para decidir si paseas con alguien, tienes que saber quién es. Tienes que averiguar algo sobre él que sea más que una certeza, eliminar toda posibilidad de que sea un peón en el tablero del conflicto. Caminar juntos, dirigirse la palabra significa compartir el bando. En la guerra, el umbral de atención de todos los sentidos se multiplica, es como si se oyera con más agudeza, se mirara más a fondo, se percibieran los olores más intensamente. Pese a que la prudencia no sirve de nada frente a la decisión de una matanza. Cuando alguien ataca, no se preocupa de a quién salvar y a quién condenar."

(Roberto Saviano, "Gomorra", 2006)

jueves, 27 de diciembre de 2018

Pablo Sorozábal Serrano, "Lloro por King Kong", [1990]


¿Una novela impresionante sobre la guerra civil y la posguerra?: "Lloro por King Kong" de Pablo Sorozabal: de ritmo frenético, precisión despiadada y sexualidad descarnada, supone un rudo retrato de la aparente corrección de la burguesía vencedora en la contienda y un llanto por los vencidos, atemperado por la hermosa ingenuidad amorosa que portan. Torrencial.

"De pronto, sin saber por qué, se puso a recordar una tarde de domingo en que un chico la había llevado al cine Chueca a ver King Kong en programa de sesión continua y se había visto la película tres veces seguidas y ella, Soledad, se había enamorado de King Kong con un amor dulce, profundo y loco, y había llorado cuando los aviones le ametrallaban en lo alto del rascacielos, y habían sentido desprecio por aquella rubia idiota de la pantalla que no sabía amar a King Kong, y cuando se terminó la película y se encendieron las luces de la sala el chico que la había invitado al cine, al verla llorar, le había preguntado que por qué lloraba, y en vista de que ella no contestaba y seguía llorando en silencio, había hecho una seña al vendedor de patatas fritas, que en aquel momento se acercaba por el pasillo con su cesta de mimbre al brazo, y había comprado una bolsa y, volviéndose hacia Soledad, le había dicho que cogiera, y ella había cogido una patata enorme y se la había llevado a la boca, pero en ese preciso instante un río de lágrimas le había resbalado por las mejillas y había ido a despeñarse contra la patata, inundándola, reblandeciéndola, y ella había tratado de esforzarse por alzar los ojos y mirar al chico y sonreírle y quererle, pero se había dado cuenta de que en realidad no le quería, de que el único ser en el mundo a quien ella quería era a King Kong, y entonces los ojos se le habían llenado otra vez de lágrimas, y el chico, con un gesto torcido, de fastidio y de rabia, pero al mismo tiempo cogiéndola de la mano y acariciándola entre las suyas, había vuelto a preguntarle que por qué lloraba, y ella, con la patata en la boca y mirándola sin verle, a media voz y como para sí, le había contestado: lloro por King Kong."

(Pablo Sorozábal, "Lloro por King Kong", 1990.)