domingo, 8 de diciembre de 2019

Tucídides, "Historia de la Guerra del Peloponeso" II [431-411 antes de Cristo]


La crueldad de la guerra civil en Corcira, la primera de las sangrientas contiendas civiles que sacudieron sucesivamente a las ciudades griegas durante la Guerra del Peloponeso, que enfrentaron a los oligarcas y a los demócratas, prestos a ser ayudados por sus respectivos aliados, lacedemonios y atenienses respectivamente, quedó sancionada magistralmente por Tucídides en uno de los más célebres pasajes de su "Historia", aquel que ilustra las consecuencias morales de la guerra civil: la degradación inevitable del espíritu humano en el enfrentamiento fanático de los bloques políticos.

"Muchas calamidades se abatieron sobre las ciudades con motivo de las luchas civiles, calamidades que ocurren y que siempre ocurrirán mientras la naturaleza humana sea la misma, pero que son más violentas o más benignas y diferentes en sus manifestaciones según las variaciones de las circunstancias que se presentan en cada caso, En tiempos de paz y prosperidad tanto las ciudades como los particulares tienen una mejor disposición de ánimo porque no se ven abocados a situaciones de imperiosa necesidad; pero la guerra, que arrebata el bienestar de la vida cotidiana, es una maestra severa y modela las inclinaciones de la mayoría de acuerdo a las circunstancias imperantes. Así pues, la guerra civil se iba adueñando de las ciudades, y las que llegaban más tarde a aquel estadio, debido a la información sobre lo que había ocurrido en otros sitios, fueron mucho más lejos en la concepción de novedades tanto por el ingenio de las iniciativas como por lo inaudito de las represalias. Cambiaron incluso el significado normal de las palabras en relación con los hechos, para adecuarlas a su interpretación de los mismos. La audacia irreflexiva pasó a ser considerada valor fundado en la lealtad al partido, la vacilación prudente se consideró cobardía disfrazada, la moderación, máscara para encubrir la falta de hombría, y la inteligencia capaz de entenderlo todo incapacidad total para la acción; la precipitación alocada se asoció a la condición viril, y el tomar precauciones con vistas a la seguridad se tuvo por un bonito pretexto para eludir el peligro. El irascible era siempre digno de confianza, pero su oponente resultaba sospechoso. Si uno urdía una intriga y tenía éxito, era inteligente, y todavía era más hábil aquel que detectaba una; pero quien tomaba medidas para que no hubiera ninguna necesidad de intrigas, pasaba por destructor de la unidad del partido y por miedoso ante al adversario. En una palabra, era aplaudido quien adelantaba a otro en la ejecución del mal, e igualmente lo era el que impulsaba a ejecutar el mal a quien no tenía intención de hacerlo."

(Tucídides, "Historia de la Guerra del Peloponeso", 431-411 a. C.)

sábado, 7 de diciembre de 2019

Tucídides, "Historia de la Guerra del Peloponeso" [431-411 antes de Cristo]

En el invierno del primer año de la Guerra del Peloponeso, Pericles declamó su famoso discurso fúnebre en homenaje a los soldados caídos, que contiene el célebre elogio de la ciudad de Atenas, que opuesta a la temible Esparta, aunaba exitosa las antiguas virtudes guerreras con las nuevas potencias de la participación común en los asuntos colectivos. Una ciudad preñada de una vida ciudadana libre y relajada, que, no obstante, era un imperio dominante que disponía de una organización militar eficaz. Pericles, o Tucídides, convertían a Atenas en una ciudad por cuya disposición democrática merecía la pena luchar y morir.


"Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somo un modelo a seguir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia. En lo que concierne a los asuntos privados, la igualdad, conforme a nuestras leyes, alcanza a todo el mundo, mientras que en la elección de los cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad; y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar servicio a la ciudad. En nuestras relaciones con el Estado, vivimos como ciudadanos libres y, del mismo modo, en lo tocantes a las mutuas sospechas propias del trato cotidiano, nosotros no sentimos irritación contra nuestro vecino si hace algo que le gusta y no le dirigimos miradas de reproche, que no suponen un perjuicio, pero resultan dolorosas. Si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida pública, un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas para ayudar a los que sufren injusticias y a las que, aun sin estar escritas, acarrean una vergüenza por todos reconocida.
Por otra parte, como alivio de nuestras fatigas, hemos procurado a nuestro espíritu muchísimos esparcimientos. Tenemos juegos y fiestas durante todo el año, y casas privadas con espléndidas instalaciones, cuyo goce cotidiano aleja la tristeza. Y gracias a la importancia de nuestra ciudad todo tipo de productos de toda la Tierra son importados, con lo que el disfrute con que gozamos de nuestros propios productos no nos resulta más familiar que el obtenido con los de otros pueblos.
En el sistema de prepararnos para la guerra también nos distinguimos de nuestros adversarios en estos aspectos: nuestra ciudad está abierta a todo el mundo, y en ningún caso recurrimos a las expulsiones de extranjeros para impedir que se llegue a una información u observación de algo que, de no mantenerse en secreto, podría resultar útil al enemigo que lo descubriera. [...] Y en lo que se refiere a los métodos de educación, mientras que ellos, desde muy jóvenes, tratan de alcanzar la fortaleza viril mediante un penoso entrenamiento, nosotros, a pesar de nuestro estilo de vida más relajado, no nos enfrentamos con menos a valor a peligros a peligros equivalente.
Amamos la belleza con sencillez y el saber sin relajación. Nos servimos de la riqueza más como oportunidad para la acción que como pretexto para la vanagloria, y entre nosotros no es un motivo de vergüenza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es más bien no hacer nada por evitarla. Las mismas personas pueden dedicar a la vez su atención a sus asuntos particulares y a los públicos, y gentes que se dedican a diferentes actividades tienen suficiente criterio respecto a los asuntos públicos. Somos, en efecto, los únicos que a quien no toma parte en estos asuntos lo consideramos no un despreocupado, sino un inútil; y nosotros en persona cuando menos damos nuestro juicio sobre los asuntos, o los estudiamos puntualmente, porque en nuestra opinión, no son las palabras lo que supone un perjuicio para la acción, sino el no informarse por medio de la palabra antes de proceder a lo necesario mediante la acción."

(Tucídides, "Historia de la Guerra del Peloponeso", 431-411 a. C.)

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Heródoto de Halicarnaso, "Historia" [hacia el 430 antes de Cristo?]


En el libro III de su "Historia", Heródoto cuenta que, hacia la década de los veinte del siglo VI a. C, antes de ser entronizado Darío I El Grande como rey de Persia, tras el derrocamiento del mago usurpador por los siete nobles, tres de ellos, Ótanes, Megabizio y el propio Darío, pronunciaron sendos relevantes discursos sobre la preferente forma de organización del Estado persa. Heródoto, en la época en la que escribía sus historias, acorde a su experiencia política, sólo tenía en consideración tres posibles formas de gobierno, que eran, a saber, la democracia, la oligarquía y la monarquía. A Ótanes adjudica el historiador griego la anacrónica apología de la democracia, contestada por Megabizio, partidario de la oligarquía, expresión de la existencia de una nobleza que justificaba sus ambiciones de poder mediante sus pretensiones de superioridad moral e intelectual, y respondido a su vez por Darío, próximo gran rey de los persas, vencedor del debate que sostiene la superioridad de la monarquía por las enemistades irreconciliables que se maceran en la comunidad oligárquica.

"Ótanes solicitaba, en los siguientes términos, que la dirección del Estado se pusiera en manos de todos los persas conjuntamente: 'Soy partidario de que un solo hombre no llegue a contar en lo sucesivo con un poder absoluto sobre nosotros, pues ello ni es grato ni correcto. Habéis visto, en efecto, a qué extremo llegó el desenfreno de Cambises y habéis sido, asimismo, partícipes de la insolencia del mago. De hecho, ¿cómo podría ser algo acertado la monarquía, cuando , sin tener que rendir cuentas, le está permitido hacer lo que quiere? Es más, si accediera a ese poder, hasta lograría desviar de sus habituales principios al mejor hombre del mundo, ya que, debido a la prosperidad de que goza, en su corazón cobra aliento la soberbia; y la envidia es connatural al hombre desde su origen. Con estos dos defectos, el monarca tiene toda suerte de lacras; en efecto, ahíto como está de todo, comete numerosos e insensatos desafueros, unos por soberbia y otros por envidia. Con todo, un tirano debería, al menos, ser ajeno a la envidia; sin embargo, para con sus conciudadanos sigue por naturaleza un proceder totalmente opuesto: envidia a los más destacados mientras están en su corte y se hallan con vida, se lleva bien, en cambio, con los ciudadanos de peor ralea y es muy dado a aceptar calumnias. Y lo más absurdo de todo: si le muestras una admiración comedida, se ofende por no recibir una rendida pleitesía; mientras que, si se le muestra una rendida pleitesía, se ofende tachándote de adulador. Y voy a decir ahora lo más grave: altera las costumbres ancestrales, fuerza a las mujeres y mata a la gente sin someterla a juicio. En cambio, el gobierno del pueblo tiene, de entrada, el nombre más hermoso del mundo: 'isonomía'; y, por otra parte, no incurre en ninguno de los desafueros que comete el monarca: las magistraturas se desempeñan por sorteo, cada uno rinde cuentas de su cargo y todas las deliberaciones se someten a la comunidad. Por consiguiente, soy de la opinión de que, por nuestra parte, renunciemos a la monarquía exaltando al pueblo al poder, pues en la colectividad reside todo'.
Esta fue, en suma, la tesis que propuso Ótanes"

(Heródoto de Halicarnaso, "Historia", hacia 430 a.C.?)

lunes, 2 de diciembre de 2019

Aristófanes, "Las asambleístas" [392 antes de Cristo]


"Y sois vosotros, pueblo, los causantes de esos males, pues recibiendo como soldada los dineros del erario, en particular andáis mirando cada uno el provecho que va a obtener, mientras lo común va ondeando como Esimo. Así que, si me hacéis caso, todavía podéis salvaros: Sostengo que a las mujeres es necesario que nosotros transmitamos el gobierno de la ciudad; pues de hecho en las casas nos servimos de ellas como intendentes y administradoras."

En tiempos de apatía varonil respecto a los asuntos públicos, sólo interesados los hombres en las cosas comunes por salario percibido por la implicación en los asuntos decisorios generales, las mujeres de Atenas, lideradas por la carismática Praxágora, se han confabulado para, suplantando a sus maridos, disfrazadas de hombres, asistir a la Asamblea del Pueblo y adueñarse del poder político, y así poder dirigir los asuntos del Estado promoviendo leyes justas: comunidad de bienes e hijos, educación de los ciudadanos costeada por el Estado, alimentación comunitaria, y comunidad de mujeres, matizada por la especial atención dedicada a viejas y feas, que en cuestiones sexuales gozarán de absoluta prioridad en relación a las más jóvenes y guapas. Una utopía comunista implantada en la Atenas de la primera década del siglo IV antes de Cristo. Pero la vida no es tan bonita, peña. La osada aventura de navegar nuevos rumbos con la nave del Estado enfrentará resistencias contumaces. Las leyes que obligan a entregar las propias posesiones individuales a la Comuna despiertan la desconfianza de algunos suspicaces objetores de conciencia, que sólo los más idiotas de los ciudadanos hacen caso de las decisiones democráticamente aceptadas. Además, los varones jóvenes, deseosos de muchachas gráciles y hermosas, se opondrán a un comunismo sexual que les requiere dispuestos y potentes para colmar la lujuria de algunas de las vetustas ciudadanas...

domingo, 1 de diciembre de 2019

Abigail Disney y Gini Reticker, "Reza para que el diablo regrese al infierno" [2008]


Leymah Roberta Gbowee, una trabajadora social con experiencia en el acompañamiento a niños soldados, lideró un movimiento de mujeres liberianas, cristianas y musulmanas, la Red de Mujeres para la Construcción de la Paz, para poner fin a la Segunda Guerra Civil de Liberia, cuando el infame Charles Taylor se situaba en la cúspide del Estado y los señores de la guerra, coordinados en Liberianos Unidos por la Reconciliación y la Democracia, marchaban encarnizadamente hacia Monrovia. El movimiento por la paz empezó de forma local, circunscrita a la capital liberiana, con mujeres vestidas de blanco que rezaban y cantaban en el mercado de pescado local, y a medida que fue cobrando fuerza, fue innovando con métodos más arriesgados: las movilizaciones, la huelga sexual o la presión a cargos administrativos y a las delegaciones negociadoras.
'En el pasado nosotras éramos silenciosas, pero después de haber sido asesinadas, violadas, deshumanizadas, e infectadas por enfermedades, y viendo a nuestros niños y nuestras familias destruidas, la guerra nos han enseñado que el futuro yace en decir ¡NO a la violencia y SÍ a la paz! No pararemos hasta que la paz prevalezca.'