domingo, 30 de junio de 2019

Katia Lara, "Quién dijo miedo" [2010]

¿Recuerdan aquel 28 de julio del 2009? El presidente Manuel Zelaya promovía una consulta que decidiera la instalación de una cuarta urna en las elecciones de noviembre, con la que los hondureños podrían decidir activar el proceso de una Asamblea Nacional Constituyente...


“Honduras, al nombrarla me acuerdo de un film documental que acaba de estrenarse: '¿Quién dijo miedo?'. Jamás he visto el protagonismo del pueblo como en esas imágenes. La reacción contra el golpe que sufrió Zelaya por Micheletti y la mentira que significó la 'solución democrática de Lobo'. Cómo lucha ese pueblo, en la calle, en todos lados. Qué presencia tiene la mujer, pese a los balazos, los palos uniformados, la cárcel, el exilio. Escena por escena: los rostros, las voces que no se callan, el combatir con las manos contra las armas represivas importadas del Norte. Una filmación que va a pasar a la historia, que servirá de guía para el futuro. El pueblo no se rinde. Los pueblos no se rinden. Y las cámaras de la indignación están en todos lados, en primera fila, no se pierden ningún detalle, cada rostro queda como documento. La directora de este documento, Katia Lara, hondureña, merece un premio internacional por su valentía, su precisión y su denuncia total. Un testimonio de que, pese a todo, Latinoamérica no se rinde”.

(Osvaldo Bayer.)

sábado, 29 de junio de 2019

Roger Belbéoch, "Chernoblues. De la servidumbre voluntaria a la necesidad de la servidumbre" [2001]

¿Cómo suministrar de energía necesaria las exigencias de consumo de la sociedad industrial? Poner en funcionamiento la energía nuclear, los 'átomos para la paz' de Eisenhower, acarreaba irreversibles nocivas consecuencias. Róger Belbéoch las analiza en "La sociedad nuclear". Y si un artículo pudiera recomendar al interesado por las vicisitudes de la gestión de la catástrofe de Chernóbil sería "Chernoblues. De la servidumbre voluntaria a la necesidad de la servidumbre". Se ha hablado tan ligeramente en estos días sobre las fallas, achacables a la naturaleza del poder soviético, de la gestión de la crisis nuclear. La cuestión de la obtención de energía, mercancía entre mercancías, clave necesaria para suministrar el avance la sociedad industrial, que posibilita el encendido de la amalgama de nuestros juguetes técnicos, nos obliga a replantearnos todo el prepotente, y frágil, edificio civilizatorio.


"Algunos escépticos incorregibles acusan al poder soviético de no haber gestionado correctamente la situación accidental, ya durante, ya después del accidente. Pero, ¿qué tendría que haber hecho el poder, qué habría tenido que decir para que la gestión hubiese sido 'correcta'?
¿Qué tendría que haber dicho a los grupos de intervención que los expertos científicos mandaron al techo del reactor fuera de control para sofocar el incendio, a los pilotos de los helicópteros que cubrieron de arena, boro y plomo el núcleo en fusión del reactor, o posteriormente a los equipos que construyeron el sarcófago? ¿Qué tendría que haber dicho a los 'héroes' que envió al techo del sarcófago una vez terminado para plantar allí la bandera soviética y glorificar el trabajo humano? ¿Habrían participado con tanta eficacia si les hubieran contado previamente los graves problemas de salud que les aquejarían después de haber sido copiosamente irradiados y contaminados? [...] ¿Es seguro que esta mano de obra habría sido tan dócil y tan valiente si los responsables le hubiesen explicado con detalle todos los riesgos que iban a hacerle correr, precisando que a buen seguro existían otros desconocidos, y que su coraje iba a permitir dar con ellos? ¡La Ciencia les quedaría agradecida, desde luego!
¿Qué habría habido que explicar a esos cientos de miles de 'liquidadores' antes de enviarlos a 'limpiar' el emplazamiento? ¿Que la radioactividad era traicionera, que iba a penetrar en ellos por múltiples vías, que no notarían nada en el momento pero sus células quedarían dañadas y que su salud se vería afectada más tarde? [...]
¿Habría que decir a los 'liquidadores' que no iban a liquidar nada en absoluto, que aquella contaminación que se supone iban a hacer desaparecer tan sólo cambiaba de sitio y que reaparecería una y otra vez allí donde había creído quitarla? ¿Había que proclamar que esa liquidación no era más que una enorme campaña espectacular para hacer creer que era posible deshacerse de la contaminación, que es posible al fin y al cabo gestionar un accidente nuclear aunque el 'genio radioactivo no puede ser devuelto a la lámpara'? [...]
¿Habría que haber advertido a todos los habitantes de Ucrania, de Bielorrusia y de una buena parte de Rusia de que, desde el día 26 de abril de 1986, había peligro? ¿De que tenían que tomar múltiples precauciones, especialmente en caso de lluvia? ¿Qué podía hacer esta gente? ¿Dejar de salir? ¿Limpiar los caminos, los huertos, sus casas, etcétera, con agua... contaminada? ¿No ingerir alimentos contaminados? [...] ¿Había que haberles dicho que esos alimentos 'sucios' eran peligrosos para su salud, pero sobre todo para la de sus hijos? [...] ¿Dónde iban a encontrar leche 'limpia' para los niños, y qué podían hacer con toda la producción de leche 'sucia'? ¿Había que destruir cosechas enteras, sacrificar a los animales destinados a carne e incluirlo todo en los residuos radioactivos? Pero ¿qué podía hacer con ese montón de residuos?
Hubo zonas a más de 200 kilómetros del reactor que quedaron contaminadas. Habría hecho falta evacuar rápidamente a un millón de personas de los territorios contaminados, incluso a más, dependiendo de los criterios de protección más o menos estrictos que se adoptasen. Ahora bien, ¿adónde llevar a tanta gente? ¿Cómo transportarla? ¿Habría aceptado la población local a esas personas en sus nuevas residencias? ¿Cómo se gestiona 'correctamente' una situación semejante? Las autoridades soviéticas no hicieron pública la importancia de estas contaminaciones hasta 1989. ¿Tenían que haber dicho entonces a la población que no fue posible proceder en 1986; a la evacuación masiva de los territorios contaminados? ¿Tenían que haber explicado que lo esencial de los daños se había introducido en su interior y que las nuevas medidas, por muy amplias que fuesen, no podrían borrarlos?
¿Habría que decir a todas esas personas que han vivido o que siguen viviendo en regiones que deberían haber sido declaradas inhabitables desde los primeros días de la catástrofe, que forman un grupo especialmente interesante para determinar el riesgo de cáncer por radiación, pero que hasta que no hayan muerto todos no se les podrá aportar la prueba científica de la magnitud del riesgo que los dirigentes les hicieron correr? [...]
¿Puede concebirse un poder estatal lo suficientementemente irresponsable como para ceder a la tentación de decir toda la verdad y nada más que la verdad?

(Roger Belbéoch, "Chernoblues. De la servidumbre voluntaria a la necesidad de la servidumbre", 2001.)

viernes, 28 de junio de 2019

Nadine y Thierry Ribault, "Los santuarios del abismo. Crónica de la catástrofe de Fukushima" [2012]

"La radiación de la central Fukushima Daiichi se extendía hasta el fondo del océano, impregnaba la tierra y se insinuaba en el cuerpo de animales y hombres. Los muertos que iban apareciendo en la zona evacuada estaban irradiados a tal punto que no podían ser entregados a sus familias, ya que contaminarían a los vivos. Había vuelto el tiempo de los 'santuarios del abismo', por retornar la expresión del poeta Hölderlin, en que nadie velará a los difuntos por miedo a sucumbir a su vez. Ya no hay que temer solo a la muerte, sino a todos y cada uno de los cadáveres que esta haya rozado con su dedo venenoso."


La discusión sobre la tendenciosidad antisoviética de la serie Chernobyl es absurda. La crónica del accidente de Fukushima que nos ocupa, "Los santuarios del abismo", escrita por Nadine y Thierry Ribault, demuestra que los elementos terroríficos a los que se enfrenta la población circundante a una central nuclear reventada son similares, a saber, la radiación invisible, la incertidumbre con respecto a la magnitud del desastre, la imposibilidad de acercarse al núcleo de la explosión, la necesidad de sacrificar vidas, o la inconmensurabilidad de una tragedia que anula todos los modelos previos de horror y piedad con los que realizar una comparación. Wataru Iwata y el grupo 'Proyecto 47', el 'Laboratorio ciudadano para la medición de la radiactividad', demuestran que la batalla por una información veraz es similar durante una catástrofe nuclear ocurrida en la Ucrania soviética o durante una catástrofe nuclear ocurrida en el Japón turbocapitalista.

jueves, 27 de junio de 2019

Jonathan Littell, "Wrong Elements" [2016]


Los cristianos extremistas del Ejército de Resistencia del Señor, organización paramilitar dirigida por el nefando Joseph Kony, todavía buscado por la Corte Penal Internacional, raptaron a miles de niños en Acholilandia para nutrir sus filas y mantener la ofensiva en mor de su proyecto teocrático. El grueso del grupo insurgente estaba compuesto por niños soldados, chavales que se situaron en una intrincada suerte como víctimas y verdugos, como inocentes jóvenes prestos a convertirse en asesinos crueles. Años después, cuatro de estos niños, ya amnistiados, que han rehecho sus vidas o lo siguen intentando, son acompañados por el equipo de Littell mientras rememoran con digna honestidad las crueldades de las que fueron partícipes y testigos.

miércoles, 26 de junio de 2019

Zaza Urushadze, "Mandarinas" [2013]


Un certero alegato antibelicista, de dirección georgiana y de producción estonia. ¿Han escuchado alguna historia sobre la guerra de Abjasia, aquel ya tradicional conflicto entre abjasios y georgianos que alcanzó crueles cotas de virulencia durante los años 1992, 1993 o 1998? O de la guerra de Osetia del Sur en el 2008, que el conflicto permanece latente: Georgia reclama la soberanía de Abjasia y Osetia, Rusia apoya a nacionalistas abjasios y osetios. Rutas comerciales, alianzas militares, consideraciones estratégicas, estupidez xenófoba