martes, 6 de agosto de 2019

Michael Enger, "Rojava: norte de Siria. Los kurdos entre la guerra y la democracia" [2019]


Un reportaje que nos transporta a Rojava, oficialmente conocida como Federación Democrática del Norte de Siria, especialmente a la ciudad de Kobane, la urbe de mayoría kurda del norte de Siria, símbolo de la victoria contra el Estado Islámico. La zona está controlada por las fuerzas kurdas que defienden el célebre gobierno autónomo de Rojava, el reconocido internacionalmente experimento de confederalismo democrático, amenazado por las bombas de Turquía: Afrín, uno de los tres cantones de la Federación Democrática, fue bombardeado y ocupado por las fuerzas militares turcas en enero de 2018.

lunes, 5 de agosto de 2019

Emmanuel Rodríguez López, "La política contra el Estado. Sobre la política de parte" [2018]


Una reflexión histórica y teórica, lúcida y sintética, sobre la cuestión del poder durante la pasada centuria: "La política contra el Estado. Sobre la política de parte". El sindicalismo revolucionario (la primera CGT francesa, los wobblies, la CNT), la ola de agitación de 1905, la discusión del marxismo de principios del S. XX sobre la significación social de los soviets, el mayor reto de la teoría política del siglo XX, la Revolución Rusa, la Revolución Alemana, el ciclo duro de luchas de 1917-1921 (Luxemburgo, Lenin, Max Adler, Gramsci, la Oposición Obrera, Kronstadt, los majnovistas, los comunistas de izquierda, Herman Gorter, Anton Pannekoek, Paul Mattick); la respuesta conservadora a la irrupción del populacho en la vida social, la búsqueda de la reconciliación entre el Estado y el pueblo a través del movimiento (la ley de hierro de Robert Michels, el fascismo, Spengler y Jünger, Carl Smichtt, el nacionalsocialismo), los demócratas socialistas herederos de la Segunda Internacional (el Estado intervencionista de Hans Kelsen) y la teoría bolchevique del Estado (Evgeny Pashukanis o Piotr Stuchka): la vuelta a Ferdinand Lasalle, el Estado como la gran asociación de las clases pobres; los Treinta Gloriosos, el keynesianismo, el Estado Social, la integración del movimiento obrero en la política de Estado (seguridad social, educación pública, sindicalismo domesticado) Shcumpeter, Giovanni Sartor, Roberto Dahl, la democracia como poliarquía electiva, meritocracia selectiva, gestión tecnocrática: la clase media, el pueblo del Estado. Los años setenta: la generación de los revolucionarios del '68, la construcción de la autonomía obrera (el movimiento asambleario español, los cordones obreros de Chile, la Revolución de los Claveles, la nueva intransigencia obrera en EEUU, Alemania o Inglaterra, la horda italiana de los setenta, los procesos de liberación nacional, la contracultura, el feminismo y el ecologismo), o la izquierda como aparato de Estado (el eurocomunismo, el compromiso histórico, la teoría del capitalismo monopolista de Estado, Gramsci redescubierto); la llamada revolución teórica francesa (Deleuze, Guattari, Foucault o Bourdieu), o los llamados marxistas estructuralistas (Althusser y Poulantzas); el excepcional ejemplo del experimento boliviano, convertir al indígena en ciudadano (de René Zavaleta Mercado a Alvaro García Linera, o Luis Tapia, Raquel Gutiérrez y Silvia Rivera Cusicanqui); Kropotkin, el apoyo mutuo y la institución popular, Elinor Ostrom y los recursos de uso común; y la perspectiva de creación de un archipiélago de contrapoderes (ateneos, sindicatos y cooperativas): la necesidad de recuperar una política de clase.

domingo, 4 de agosto de 2019

Simone Weil, "Reflexiones sobre la guerra" [1933]

Es una conclusión firme, de amplias consecuencias, que Simone Weil argumentó en la revista francesa 'La Critique Sociale', en 1933: la guerra es la tumba de la revolución. Se detenía en las evoluciones nefastas de dos hitos de la historia humana moderna: la Revolución Francesa y la Revolución Rusa. De Robespierre a Napoleón, de Lenin a Stalin. ¿No está implícita ya en Marx la crítica al jacobinismo? Como el eminente barbudo, Simone Weil reivindica la experiencia de La Comuna de París, batalla sin ejército convencional aplastada cruelmente por la reacción. ¿Entonces, una aporía? El propio mecanismo de la lucha militar, exigida para vencer los golpes asesinos de los ejércitos blancos, obligará a constituir un convencional ejército rojo, cuya lógica militar lo situará en la vanguardia de la contrarrevolución. La última experiencia que ratifica su exposición, la tenemos en la guerra civil Siria, en el rápido desvanecimiento, parejo a las progresivas exigencias de un enfrentamiento bélico de extremada crueldad, sectario e internacional, de las aspiraciones más nobles de los revolucionarios de marzo de 2011.


"La historia de la Revolución rusa proporciona exactamente las mismas enseñanzas y con una analogía sorprendente. La Constitución soviética ha tenido idéntica suerte que la Constitución de 1793; Lenin abandonó sus doctrinas democráticas para establecer el despotismo de un aparato de Estado centralizado, igual que Robespierre, y fue de hecho el precursor de Stalin;como Robespierre lo fue de Bonaparte. La diferencia es que Lenin, que, por otra parte, había preparado desde hacía tiempo esa dominación del aparato del Estado forjando un partido fuertemente centralizado, deformó más tarde sus propias doctrinas para adaptarlas a las necesidades del momento; así no fue guillotinado y sirvió de ídolo a una nueva religión de Estado. La historia de la Revolución rusa es tanto más sorprendente cuanto que la guerra constituye su problema central. La revolución fue hecha contra la guerra por soldados que, sintiendo que el aparato gubernamental y militar se descomponía por encima de ellos, se apresuraron a sacudirse un yugo intolerable. Kerensky, invocando con sinceridad involuntaria, debida a su ignorancia, los recuerdos de 1792, apeló a la guerra exactamente por los mismos motivos que antaño los girondinos; Trotsky ha mostrado admirablemente cómo la burguesía, contando con la guerra para aplazar los problemas de política interior y colocar de nuevo al pueblo bajo el yugo del poder del Estado, quería transformar 'la guerra hasta el agotamiento del enemigo en una guerra para el agotamiento de la revolución'. Los bolcheviques llamaban entonces a luchar contra el imperialismo; pero era la misma guerra, no el imperialismo, la que estaba en cuestión, y ellos lo vieron cuando, una vez en el poder, se vieron obligados a firmar la paz de Brest-Litovsk. El antiguo ejército estaba entonces descompuesto y Lenin había repetido, siguiendo a Marx, que la dictadura del proletariado no puede implicar ni ejército, ni policía, ni burocracia permanentes. Pero los ejércitos blancos y el temor a la intervención extranjera no tardaron en poner a toda Rusia en estado de sitio. El ejército fue entonces reconstruido, se suprimió la elección de oficiales y treinta mil oficiales del antiguo régimen fueron reintegrados a sus cuadros, al tiempo que se restablecían la pena de muerte, la antigua disciplina y la centralización; paralelamente, se reconstruían la burocracia y la policía. Se sabe muy bien lo que este aparato militar, burocrático y policial ha hecho después del pueblo ruso.
La guerra revolucionaria es la tumba de la revolución y lo seguirá siendo mientras no dé a los propios soldados, o más bien a los ciudadanos armados, el medio de hacer la guerra sin aparato dirigente, sin presión policial, sin jurisdicción de excepción, sin penas para los desertores. La guerra se hizo así una vez en la historia moderna, a saber, en la Comuna [de París]; y no se ignora cómo terminó. Parece que una revolución comprometida en una guerra no tenga más elección que sucumbir bajo los golpes asesinos de la contrarrevolución, o transformarse ella misma en contrarrevolución por el propio mecanismo de la lucha militar. Las perspectivas de revolución parecen entonces muy limitadas, pues ¿puede una revolución evitar la guerra? Es, sin embargo, por esta débil posibilidad por la que hay que apostar, o abandonar toda esperanza. El ejemplo está ahí para instruirnos. Un país avanzado no encontraría, en el caso de la revolución, las dificultades que en la Rusia atrasada sirven de base al régimen bárbaro de Stalin; pero una guerra de cualquier envergadura suscitaría otras por lo menos equivalentes."

(Simone Weil, "Reflexiones sobre la guerra", 1933.)

sábado, 3 de agosto de 2019

Maximilien Rubel, "Marx sin mito" [1961-1994]


En los estantes tengo libros llenos de polvo de algunos brillantes marxianos. Prueba es este "Marx sin mito" de Maximilien Rubel, que supuso otra de esas ayudas para clarear el embrollo de mi cabezota, liado más por rumores débiles que por honestas curiosidades, suscitado alrededor de ese decimonónico enfrentamiento, completamente freak, raramente se presentaba la ocasión de charlar sobre él, entre anarquistas, al menos bakuninistas, y marxistas, o los que se hacían llamar tales. Y del ucraniano Rubel, pasé a los textos de socialistas alemanes y holandeses, para póstumo enfado de Lenin u otros ya descansados camaradas. Por ahí andaban Paul Mattick, Karl Korsch o Hermann Gorter y Anton Pannekoek. Todavía me asusta aquel señor del Partido Comunista Internacional, dios sabrá la historia de semejante organización, que gruñó hiriente cuando ingenuamente menté el libro "Lenin, filósofo" en una tensa conversación sobre la Revolución rusa allá en la Puerta del Sol de Madrid: 'ese señor era un oportunista, completamente antimaterialista', dijo. A un viejo comunista no tenía por qué agradarle que un chico calado como diletante pudiera seguirle el rollo.

"Marx rehusó inventar recetas para las marmitas del futuro, pero hizo algo mejor que esto -o peor-: quiso demostrar que una necesidad histórica, como una ciega fatalidad, arrastraba a la humanidad hacia una situación de crisis en la que sería preciso encarar un dilema decisivo. ser destruida por sus propias invenciones técnicas, o sobrevivir gracias a un súbito despertar de conciencia que la vuelva capaz de romper con todas las formas de alienación y de servidumbre que han marcado las fases de la historia. Sólo este dilema es fatal, la elección queda en manos de la clase social que tiene todas las razones para rechazar el orden existente, y para realizar un modo de vida profundamente distinto del antiguo."

(Maximilien Rubel, "Marx, teórico del anarquismo", 1973.)

viernes, 2 de agosto de 2019

Tirso de Molina, "Los tres maridos burlados" [1624]


La prosa de Tirso de Molina queda deslucida por el recuerdo de su obra dramática. La obra más curiosa del madrileño aurisecular es una colección miscelánea que tiene por título "Los cigarrales de Toledo", que compuesta tomando como modelo "El Decamerón" de Bocaccio, se estructura en torno a las cinco sucesivas reuniones en diferentes cigarrales de Toledo de un grupo de amigos con ganas de diversión literaria. Uno de los relatos que compone la obra es una farsa entremesil que conserva algo de celebridad, "Los tres maridos burlados". Tres mujeres, tras encontrar una valiosa joya y entrar en disputa por quién ha de poseerla, acuden a un Conde, que receloso de adjudicarla determinante, decide que se la quede quien haga la burla más ingeniosa a su marido. La mujer del cajero Lucas Moreno se las ingenia para convencer a su marido de que está muerto; la de Morales le hace creer que está loca y que su casa ha desaparecido de su sitio, ya que el despistado marido la encuentra convertida en taberna cuando vuelve de buscar curandero para el fingido mal de su mujer; y la tercera, que tiene marido rabiosamente celoso, Santillana, y quiere castigarlo por el riguroso control que ejerce sobre ella, ayudada por su hermano religioso, lo duerme con un somnífero y lo lleva a una celda monástica, haciéndole creer que es un fraile: mientras dura la burla, le someten a atroces penitencias y vapuleos, hasta que escarmentado, lo devuelven a la mujer.

"¡Señores, o frailes o diablos o lo que sois!, ¿qué os ha hecho el pobre Santillana para tratarle con tanta riguridad? Si sois hombres, ¡doleos de otro de vuestra especie, que jamás hizo mal a una mosca, ni tiene de qué acusarse sino de la mala vida que sus celos han dado a su mujer! Si sois religiosos, ¡baste la penitencia, pues no cae sobre culpa que yo sepa! Si sois demonios, decidme: ¿por qué pecados os permite Dios que me desolléis de esa suerte?"

(Tirso de Molina, "Los tres maridos burlados", 1624.)