El excelentísimo duque de Rivas contra la novela decimonónica,
"El mal no está en que se apodere el novelista de los conocimientos modernos, ni de este espíritu de discusión que nos devora, sino que lo haga para predicar lo malo, para empujar los instintos depravados de la época, y para esparcir doctrinas disolventes, impías y corruptoras, y en que, aprovechando el interés de una fábula artísticamente combinada y diestramente vestida con las seductoras galas del ingenio, ataque a la familia, disculpe, si no encarezca, el adulterio, y se empeñe en probar que en la humanidad no hay más que materia e instintos, que la verdadera religión está en el corazón del hombre sin necesidad de la revelación, e inspire a las clases menesterosas, donde coloca todas las virtudes, odio mortal contra las acomodadas, en donde establece todos los vicios, preparando abundante cosecha de frutos de maldición. [...] ¿Quién infiltró en la masa los deletéreos principios del socialismo y de la revolución, que estallaron, como la lava de los volcanes, en medio de la revolución del 48, conmoviendo todos los tronos de Europa? No diré que los novelistas fueran sólo los autores de esos males; pero, ¿quién duda que la novela penetra allá donde no llegan las discusiones de partido ni las polémicas de periódico? Las mujeres, estos ángeles de la tierra que tan poderoso ascendiente ejercen en el corazón del hombre, en su mayor número no leen periódicos políticos ni asisten a lides parlamentarias; pero la novela es otra cosa; es su lectura favorita, es el encanto de su imaginación, es el embeleso de sus potencias. ¿Qué costurera de París no odia a los jesuitas porque ha leído "El judío errante"? ¿Qué cortesana no admira a Ninnon de Lanclos como tipo perfecto de hermosura física y moral, y las orgías de la Regencia como el más vivo y deleitoso entretenimiento a que puede dedicarse en vida? ¡Ah! Los propagadores de la mala semilla han calculado bien: las mujeres tienen la razón más flaca y el corazón más impresionable; pero sus medios de persuasión son poderosos. Eva convenció a Adán de que debía comer la fruta vedada; hagamos nosotros, dijeron, de las Evas actuales, misioneros indirectos de nuestras satánicas doctrinas. Sirvámosles, pues, la hiel de nuestras almas en tallada copa de cristal y de oro. Las mujeres gustan de relumbrón, y la belleza de la forma hechiza sus ojos; al fin beberán; el germen del mal se desarrollará en sus desprevenidos corazones, y los hombres comerán del fruto prohibido."
(Contestación del Excmo. Sr. Duque de Rivas al discurso leído ante la Real Academia Española en la recepción pública de Don Cándido Nocedal, el día 15 de mayo de 1860.)
miércoles, 8 de septiembre de 2021
lunes, 6 de septiembre de 2021
Sarah Hepola. "Lagunas" `[2015]
La periodista Sarah Hepola, una alcohólica rehabilitada, reflexiona en este fragmento sobre el consentimiento en noches etílicas.
"Para el 2014, el término 'cultura de la violación' ya había llegado a la revista "Time", que publicó un artículo de portada sobre un agresión sexual en un campus, ilustrado con la foto de una pancarta universitaria que lucía la palabra 'violación'. Al mismo tiempo empezaba a aprecer otro discurso mediático, en esa ocasión sobre las mujeres y el alcohol. CNN: "¿Por qué hay más mujeres que beben?" USA Today: "Chicas: los excesos alcohólicos son un problema muy serio para las mujeres".
Coectar públicamente esas dos informaciones era como entrar tan campante en un tendencioso campo minado. De vez en cuando aparecía algún columnista que sugería que las mujeres deberían beber menos para evitar las agresiones sexuales. Afirmaban que si las mujeres no bebieran tanto, no correrían tantos riesgos. Y cuando esos columnistas entraban como gladiadores em la arena del debate público, los destripaban. La respuesta fue de nuevo aplastante: 'Bebemos lo que nos sale del coño'.
Entendí ese contraataque. Las mujeres llevaban mucho tiempo oyendo cómo debían comportarse. Las mujeres estaban hartas de cambiar su comportamiento para agradar, para proteger, para defender, mientras los hombres escribían sus nombres en la historia, mientras meaban. La nueva consigna fue: 'No nos digáis cómo comportarnos, enseñad a los hombres a no violar'. No se puede culpar a las mujeres de que las violen. Las mujeres 'no van pidiéndolo' por la forma en que se visten o por lo que hacen.
Y las mujeres podemos beber lo que nos salga del coño. Yo lo hice, y no me refiero a quitarle a nadie su whiskey sour. Pero leer esas andandas desde campos de batalla atrincherados me hacía sentir muy sola. En mi vida, el alcohol había enturbiado muy a menudo la cuestión del consentimiento. Parecía mas una mancha de tinta que una línea bien definida.
Sabía por qué las mujeres que escribían sobre esas cuestiones no querían admitir las zonas grises; las zonas grises eran el lugar en el que la otra parte atacaba para afianzarse. Pero seguía deseando mantener una conversación a solas, lejos de los patíbulos de internet, sobre lo difícil que resulta combinar la claridad de los temas de debate política con la complejidad de la vida vivida hasta la última ronda.
Quizá el activismo desafía los matices, pero el sexo los exige. Para mí, el sexo era un complicado acuerdo. Era persecución y era caza. Era el juego del escondite, enfrentamiento y entrega,y el péndulo podía oscilar en mi cabeza toda la noche: sí, no; debería, no puedo.
Bebía para ahogar esas voces porque deseaba tener la valentía de una mujer sexualmente liberada. Quería liberarme de mis conflictos personales con la misma facilidad que parecían mostrar mis amigos. Así que bebía hasta llegar a un lugar en el que me daban igual, pero me despertaba siendo una persona que se preocupaba mucho. Muchos síes de viernes por la noche se convertían en noes los sábados por la mañana. Mi lucha con el consentimiento estaba dentro de mí."
(Sarah Hepola, "Lagunas. Recuerdo lo que bebí para olvidar", 2015.)
"Para el 2014, el término 'cultura de la violación' ya había llegado a la revista "Time", que publicó un artículo de portada sobre un agresión sexual en un campus, ilustrado con la foto de una pancarta universitaria que lucía la palabra 'violación'. Al mismo tiempo empezaba a aprecer otro discurso mediático, en esa ocasión sobre las mujeres y el alcohol. CNN: "¿Por qué hay más mujeres que beben?" USA Today: "Chicas: los excesos alcohólicos son un problema muy serio para las mujeres".
Coectar públicamente esas dos informaciones era como entrar tan campante en un tendencioso campo minado. De vez en cuando aparecía algún columnista que sugería que las mujeres deberían beber menos para evitar las agresiones sexuales. Afirmaban que si las mujeres no bebieran tanto, no correrían tantos riesgos. Y cuando esos columnistas entraban como gladiadores em la arena del debate público, los destripaban. La respuesta fue de nuevo aplastante: 'Bebemos lo que nos sale del coño'.
Entendí ese contraataque. Las mujeres llevaban mucho tiempo oyendo cómo debían comportarse. Las mujeres estaban hartas de cambiar su comportamiento para agradar, para proteger, para defender, mientras los hombres escribían sus nombres en la historia, mientras meaban. La nueva consigna fue: 'No nos digáis cómo comportarnos, enseñad a los hombres a no violar'. No se puede culpar a las mujeres de que las violen. Las mujeres 'no van pidiéndolo' por la forma en que se visten o por lo que hacen.
Y las mujeres podemos beber lo que nos salga del coño. Yo lo hice, y no me refiero a quitarle a nadie su whiskey sour. Pero leer esas andandas desde campos de batalla atrincherados me hacía sentir muy sola. En mi vida, el alcohol había enturbiado muy a menudo la cuestión del consentimiento. Parecía mas una mancha de tinta que una línea bien definida.
Sabía por qué las mujeres que escribían sobre esas cuestiones no querían admitir las zonas grises; las zonas grises eran el lugar en el que la otra parte atacaba para afianzarse. Pero seguía deseando mantener una conversación a solas, lejos de los patíbulos de internet, sobre lo difícil que resulta combinar la claridad de los temas de debate política con la complejidad de la vida vivida hasta la última ronda.
Quizá el activismo desafía los matices, pero el sexo los exige. Para mí, el sexo era un complicado acuerdo. Era persecución y era caza. Era el juego del escondite, enfrentamiento y entrega,y el péndulo podía oscilar en mi cabeza toda la noche: sí, no; debería, no puedo.
Bebía para ahogar esas voces porque deseaba tener la valentía de una mujer sexualmente liberada. Quería liberarme de mis conflictos personales con la misma facilidad que parecían mostrar mis amigos. Así que bebía hasta llegar a un lugar en el que me daban igual, pero me despertaba siendo una persona que se preocupaba mucho. Muchos síes de viernes por la noche se convertían en noes los sábados por la mañana. Mi lucha con el consentimiento estaba dentro de mí."
(Sarah Hepola, "Lagunas. Recuerdo lo que bebí para olvidar", 2015.)
domingo, 5 de septiembre de 2021
Nelly Arcan, "Puta" [2001]
Un texto fantástico de vuelo vertiginoso. Este extracto resulta un bálsamo entre el amargo sufrimiento por la propia imperfección corporal corolario de una asfixiante tiranía de la belleza, el resentimiento hacia los sempiternos y dominantes fantasmas familiares y las miserias de las relaciones en el comercio sexual,
"[...] y mientras debatimos sobre estas cuestiones nos maquillamos, nos peinamos, nos prestamos vestidos las unas a las otras con el deseo de que no les quepan a las que querrían llevarlos, con el deseo de que les hagan el culo más gordo, más caído, nos preparamos para el Black and Blue o para el Bal en Blanc, en fin, para la siguiente 'rave' en el estadio olímpico, que es como un cascarón de cemento que protege a los asistentes, y qué felicidad arreglarte para todos, para veinticinco mil personas fulminadas por el sonido y la luz, manos desconocidas que te agarran por la cintura al paso, besos húmedos en el cuello, que solo te quieren a ti, y vamos en grupo, vestidas de plumas y lentejuelas, vamos para perdernos entre la multitud, para vagar entre la gente que baila con una sonrisa inquietante, con las pupilas dilatadas por las drogas, el mundo es tan hermoso bajo los efectos del éxtasis, la gente está transfigurada por la alegría, los rostros crispados por las anfetaminas y pletóricos de amor, los ojos desorbitados por un sentimiento de fraternidad, te quiero tanto, eres tan guapa, tan guapo, miles de personas hechizadas por el ritmo que se repite hasta el infinito, y tienes que ver a la multitud de lejos, tienes que mirarla desde lo alto de las gradas para tener una visión de conjunto, para ver las luces multicolores proyectándose sobre la multitud que late como un enorme pulmón formando un solo cuerpo, un órgano caliente y musculoso, una masa compacta y bulliciosa descompuesta en una marea de puntos que saltan, y a ese volumen inaudito, impensable en otra circunstancia, la música parece venir de dentro, surge del vientre como un orgasmo 'in crescendo', y todos se besan y se manosean indiscriminadamente, dicen que es tribal, orgiástico, la reactivación del principio de los tiempos, la comunidad humana tal y como era antes, mucho tiempo atrás, la humanidad de los rituales y las posesiones, de lo sobrenatural y del exceso, la humanidad de antes de las leyes, de las pulsiones y de las diosas, el culto a la luna antes de que su misterio fuera desvelado, de la bóveda celeste, a cuya benevolencia nos encomendábamos para que no nos aplastara, para que cayera desde lo alto con su fuego sobre la cabeza de los galos, el sol que corría el riesgo de no presentarse al alba, la magia del mundo que amenazaba en todo momento con atraparnos de un bocado."
(Nelly Arcan, "Puta", 2001.)
"[...] y mientras debatimos sobre estas cuestiones nos maquillamos, nos peinamos, nos prestamos vestidos las unas a las otras con el deseo de que no les quepan a las que querrían llevarlos, con el deseo de que les hagan el culo más gordo, más caído, nos preparamos para el Black and Blue o para el Bal en Blanc, en fin, para la siguiente 'rave' en el estadio olímpico, que es como un cascarón de cemento que protege a los asistentes, y qué felicidad arreglarte para todos, para veinticinco mil personas fulminadas por el sonido y la luz, manos desconocidas que te agarran por la cintura al paso, besos húmedos en el cuello, que solo te quieren a ti, y vamos en grupo, vestidas de plumas y lentejuelas, vamos para perdernos entre la multitud, para vagar entre la gente que baila con una sonrisa inquietante, con las pupilas dilatadas por las drogas, el mundo es tan hermoso bajo los efectos del éxtasis, la gente está transfigurada por la alegría, los rostros crispados por las anfetaminas y pletóricos de amor, los ojos desorbitados por un sentimiento de fraternidad, te quiero tanto, eres tan guapa, tan guapo, miles de personas hechizadas por el ritmo que se repite hasta el infinito, y tienes que ver a la multitud de lejos, tienes que mirarla desde lo alto de las gradas para tener una visión de conjunto, para ver las luces multicolores proyectándose sobre la multitud que late como un enorme pulmón formando un solo cuerpo, un órgano caliente y musculoso, una masa compacta y bulliciosa descompuesta en una marea de puntos que saltan, y a ese volumen inaudito, impensable en otra circunstancia, la música parece venir de dentro, surge del vientre como un orgasmo 'in crescendo', y todos se besan y se manosean indiscriminadamente, dicen que es tribal, orgiástico, la reactivación del principio de los tiempos, la comunidad humana tal y como era antes, mucho tiempo atrás, la humanidad de los rituales y las posesiones, de lo sobrenatural y del exceso, la humanidad de antes de las leyes, de las pulsiones y de las diosas, el culto a la luna antes de que su misterio fuera desvelado, de la bóveda celeste, a cuya benevolencia nos encomendábamos para que no nos aplastara, para que cayera desde lo alto con su fuego sobre la cabeza de los galos, el sol que corría el riesgo de no presentarse al alba, la magia del mundo que amenazaba en todo momento con atraparnos de un bocado."
(Nelly Arcan, "Puta", 2001.)
Agustín Durán, "Romancero general" [1851-1854?]
Así explica Agustín Durán el motivo de la popularidad de los romances de ciego y las jácaras en tierras castellanas. Uno puede recordar los discursos forenses de Meléndez Valdés o las imprecaciones contra el gangsta rap. Las jácaras modernas las dominan los emecés.
"¿Qué pudo hacer el pueblo bajo el imperio de la casa de Austria, sino enviar lo mas selecto de él a verter su sangre en otros climas, y convertir en frailes la otra parte? Reducido a tal extremidad, el antiguo y fiero castellano dobló su cerviz al yugo del despotismo. Vencido en Villalar y privado de toda esperanza de ser libre, dejó de existir como poder público, y se trasformó en vulgo miserable. Como tal aceptó un género de poesía conforme a sus nuevos pensamientos, y el antes noble y patriota castellano fue después el siervo fanático de sus opresores, el verdugo de los pocos que intentaban sacarle de su estado. Supersticioso, se dedicó á cantar los falsos milagros: esclavo en su pensamiento, todo lo creía sin examen; pero valiente todavía, y no teniendo héroes de buena ley que celebrar, celebraba los malhechores y bandidos que burlaban la justicia de los hombres. Así retoñaban aún contra la tiranía los instintos del fiero carácter castellano. Privado de cuanto estimula y engrandece el alma, extraviada su imaginación y su razón torcida, olvidado de sus antiguas glorias, se corrompió y degradó hasta el punto de apasionarse de lo que era mas deforme y despreciable. Demasiado abatido para que desde su bajeza alcanzase a mirar las clases mas altas de la sociedad en que vivía; entregado al desaliento y la pereza; contento entre la inmundicia que le rodeaba; indiferente a los asuntos públicos con relación a sí propio, solo veneraba, al través del prisma de sus errores, a la hipocresía como virtud, a la barbaridad como valor, al desenfreno como heroísmo, a la charlatanería como ciencia, y a las creencias falsas como parte integrante del dogma verdadero. La mentira mas absurda era para él la verdad mas evidente, si se acomodaba a sus instintos supersticiosos, y desde luego creía con toda su alma cuanto era imposible y absurdo. Este cenagal de corrupción, de falsa ciencia y de fe extraviada, sirvió de materia a los romances que los ciegos empezaron a propagar desde mediados del siglo XVII, y que simpatizan tanto con el vulgo alucinado, que constituyen su catecismo, su encanto, sus delicias, y puede decirse que hasta su único modelo ideal y su verdadero retrato. Gratos le eran estos romances, porque personificaban el denuedo en un contrabandista vencedor de un regimiento, y que se burlaba de las autoridades que persiguiendo el crimen lo hacían bajo las formas odiosas del despotismo: interesabanle aquellos cuadros lascivos, donde una dama resuelta dejaba la casa, y ultrajaba la autoridad paterna por seguir a un valentón rufián, á quien encubría en sus robos y favorecía en sus asesinatos; batía las palmas de gozo cuando se le presentaba un enjambre de alguaciles huyendo de un desaforado malhechor con visos de valiente; se entusiasmaba en pro del ladrón que socorría a los pobres con los despojos de los ricos; placíale verle subir animoso al cadalso, donde después de confesado, echaba un sermón muy tierno a los espectadores, y moría, tan persuadido como ellos de que iba sin tropezar a gozar de Dios, cual si fuera un santo; y en fin gustaba con desatino de hallar en estos romances un diluvio de milagros, de brujerías y encantamientos, una gaceta de terremotos y tempestades, incendios, pestes y castigos extraordinarios de la Providencia contra personas y pueblos enteros, sobre todo si eran judíos, moros o herejes. Todas o casi todas estas composiciones , consideradas como poesía, son detestables; pero ofrecen mucho interés, porque conservan los vestigios de una civilización degradada, y forman el contraste mas notable entre el carácter y costumbres del antiguo pueblo ignorante con el del nuevo vulgo humillado y envilecido; de la barbarie que camina a la cultura, con la civilización que desciende á la barbarie."
(Agustín Durán, prólogo al "Romancero general o colección de romances castellanos anteriores al siglo XVIII", 1851-1854.)
"¿Qué pudo hacer el pueblo bajo el imperio de la casa de Austria, sino enviar lo mas selecto de él a verter su sangre en otros climas, y convertir en frailes la otra parte? Reducido a tal extremidad, el antiguo y fiero castellano dobló su cerviz al yugo del despotismo. Vencido en Villalar y privado de toda esperanza de ser libre, dejó de existir como poder público, y se trasformó en vulgo miserable. Como tal aceptó un género de poesía conforme a sus nuevos pensamientos, y el antes noble y patriota castellano fue después el siervo fanático de sus opresores, el verdugo de los pocos que intentaban sacarle de su estado. Supersticioso, se dedicó á cantar los falsos milagros: esclavo en su pensamiento, todo lo creía sin examen; pero valiente todavía, y no teniendo héroes de buena ley que celebrar, celebraba los malhechores y bandidos que burlaban la justicia de los hombres. Así retoñaban aún contra la tiranía los instintos del fiero carácter castellano. Privado de cuanto estimula y engrandece el alma, extraviada su imaginación y su razón torcida, olvidado de sus antiguas glorias, se corrompió y degradó hasta el punto de apasionarse de lo que era mas deforme y despreciable. Demasiado abatido para que desde su bajeza alcanzase a mirar las clases mas altas de la sociedad en que vivía; entregado al desaliento y la pereza; contento entre la inmundicia que le rodeaba; indiferente a los asuntos públicos con relación a sí propio, solo veneraba, al través del prisma de sus errores, a la hipocresía como virtud, a la barbaridad como valor, al desenfreno como heroísmo, a la charlatanería como ciencia, y a las creencias falsas como parte integrante del dogma verdadero. La mentira mas absurda era para él la verdad mas evidente, si se acomodaba a sus instintos supersticiosos, y desde luego creía con toda su alma cuanto era imposible y absurdo. Este cenagal de corrupción, de falsa ciencia y de fe extraviada, sirvió de materia a los romances que los ciegos empezaron a propagar desde mediados del siglo XVII, y que simpatizan tanto con el vulgo alucinado, que constituyen su catecismo, su encanto, sus delicias, y puede decirse que hasta su único modelo ideal y su verdadero retrato. Gratos le eran estos romances, porque personificaban el denuedo en un contrabandista vencedor de un regimiento, y que se burlaba de las autoridades que persiguiendo el crimen lo hacían bajo las formas odiosas del despotismo: interesabanle aquellos cuadros lascivos, donde una dama resuelta dejaba la casa, y ultrajaba la autoridad paterna por seguir a un valentón rufián, á quien encubría en sus robos y favorecía en sus asesinatos; batía las palmas de gozo cuando se le presentaba un enjambre de alguaciles huyendo de un desaforado malhechor con visos de valiente; se entusiasmaba en pro del ladrón que socorría a los pobres con los despojos de los ricos; placíale verle subir animoso al cadalso, donde después de confesado, echaba un sermón muy tierno a los espectadores, y moría, tan persuadido como ellos de que iba sin tropezar a gozar de Dios, cual si fuera un santo; y en fin gustaba con desatino de hallar en estos romances un diluvio de milagros, de brujerías y encantamientos, una gaceta de terremotos y tempestades, incendios, pestes y castigos extraordinarios de la Providencia contra personas y pueblos enteros, sobre todo si eran judíos, moros o herejes. Todas o casi todas estas composiciones , consideradas como poesía, son detestables; pero ofrecen mucho interés, porque conservan los vestigios de una civilización degradada, y forman el contraste mas notable entre el carácter y costumbres del antiguo pueblo ignorante con el del nuevo vulgo humillado y envilecido; de la barbarie que camina a la cultura, con la civilización que desciende á la barbarie."
(Agustín Durán, prólogo al "Romancero general o colección de romances castellanos anteriores al siglo XVIII", 1851-1854.)
jueves, 2 de septiembre de 2021
Heura Negra, "Anti-rumors" [2020]
Ni en mis proyecciones más ingenuas he pensado que todo el mundo en un ámbito determinado pueda llevarse bien. Probable que con cierta ingenuidad, sí que considero que la gente que se lleva realmente mal puede mantener una sana distancia, especialmente cuando la cosa está caliente y un rencor fantasmal azuza y amenaza con empeorar las cosas: ya saben que vivir con rencor es un incordio. Una amiga me hizo llegar un texto relevante: el "Anti Rumors" del colectivo libertario de Vallcarca Heura Negra. Al comprobar experiencialmente lo dañinas que pueden resultar algunas habladurías, casi siempre parciales, el colectivo ha elaborado un sencillo protocolo anti-rumores. Los maledicentes siempre los usarán para echar mierda a espuertas, y para colmo hoy día está de moda ser más papista que el papa. Son dos sencillos pasos. El primer paso: preguntarles directamente a las personas implicadas. El segundo paso se aplica cuando por cualquier razón el primer paso no es viable, y desarrolla un autocuestionario de cuatro preguntas: 1. ¿es verdaderamente fiable el rumor que me ha llegado? 2. ¿qué necesidad tengo de saber realmente qué ha pasado? 3. ¿me interesa saber lo que ha pasado porque quiero ayudar a solucionar el conflicto? ¿o porque el chafarderío me da gustillo? 4. ¿por qué motivo me hace sentir bien criticar a otras personas, o escuchar cómo las critican?. Es algo simple y efectivo, al menos cuando no te interesa demasiado enmierdar.
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