jueves, 27 de febrero de 2020

María Rosa Gálvez, "Safo" [1804]

"Se dice que Faón, héroe de Lesbos, rudo y pobre barquero, ayudó a pasar la orilla a una anciana y, como se apiadó de ella, no quiso cobrarle; resultó ser Afrodita, escondida bajo un disfraz. En recompensa, ésta le ofreció un ungüento que le procuró una gran hermosura. Faón, indolente, rechazó el amor de todas las mujeres de la isla, una tras otra; entre ellas estaba Safo, la cual, como pago al desdén, se precipitó desde el peñasco de Léucade, el mismo que serviría a Nireo para darse muerte después de un desengaño amoroso."

(Ramón Andrés, "Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente", 2015.)


Maria Rosa Gálvez, la patria escritora ilustrada, bajo el ropaje formal neoclásico, se inspiró en una de las famosas leyendas asociadas a la figura de Safo, la que sitúa su suicidio, despechada por Faón, en las rocas de Léucade, para confeccionar una breve tragedia de sensibilidad romántica, dominada por la pasión amorosa exaltada de la inmortal poetisa. Una obra situada en una Atenas mítica, atravesada por anacronismos estridentes, que presenta una Safo alejada de su pedagogía erótica, presa de una violencia pasional que no se corresponde con el refinamiento de su legado amoroso. Y sin embargo, la gloria atraviesa a esta iracunda Safo cuando defiende la unión amorosa libre, sin trabas burocráticas ni sacramentales,

"preferí ser su amante, a ser su esposa,
que amor de libres corazones dueño
huye un lazo que impone obligaciones",

y cuando en el apogeo de su rencor, declama a las mujeres de Leucadia resentida bilis negra,

"... ¡Mujeres de Leucadia!
Vosotras que miráis en mí el ejemplo
de la negra perfidia de los hombres,
abominad su amor, aborrecedlos;
pagad sus rendimientos con engaños,
pagad su infame orgullo con desprecios;
giman a vuestros pies; vengadme todas;
humillad para siempre esos soberbios."

(María Rosa Gálvez, "Safo", 1804.)

miércoles, 26 de febrero de 2020

Safo de Mitilene, "Lo más bello" [principios del siglo VI antes de Cristo]

"Unos dicen: una tropa de jinetes; otros: de infantes
algunos: las naves son en toda la tierra sombría
lo más hermoso; pero yo:
lo que uno ama.

Es muy fácil hacer que cualquiera lo comprenda
porque ella, cuya belleza superó a la de
otras, Helena,
(abandonó) al mejor (hombre)

y destruyó (toda) la grandeza de Troya,
(no) pensó ni en su hijo ni en sus padres,
sino fue seducida
(no contra su voluntad)

¡Cipris! (Muy) versátil es el corazón
(de las mujeres y) (Pothos lo hace aletear)
(él) me recuerda ahora a Anaktoria
que está ausente.

Preferiría ver su gracioso andar
y el claro destello de su rostro
y no los carros de los lidios
y sus jinetes que luchan con sus armaduras."


Lo más hermoso es lo más justo; lo más provechoso, la salud; y lo más grato, lograr lo que amamos. Era una inscripción de un santuario heleno dedicado a Leto. ¿De dónde proviene la fascinación que despierta en los hombres los imponentes instrumentos de guerra? Se disputaría también en Lesbos cuáles eran las armas más hermosas de las usadas por el hombre en el combate: la lidia caballería, el noble combate singular o la sofisticada flota naval. Todavía pervive el entusiasmo por el brillo y la nobleza de las armas. Qué poco se sabe de las cosas bellas. Safo lo expresaba con su precioso recato y su encantada sabiduría: lo más hermoso está allí dónde se dirige el amor. Y la consciencia del magno peligro que encierra, ¿no fue Troya destruida por el poder subyugador de Afrodita, por la radiante belleza de Helena? La gran potencia anímica de Cipris se impuso desde el principio de los tiempos como potencia arrebatadora que definía los grandes destinos. O como enseñan quienes comprenden,
'la pompa ruidosa de la lucha pesa poco comparada con lo más liviano, lo que se desvanece, y el ejército más poderoso de aquélla época debe medirse con el paso de ronda de una joven y con la luz que huye de su rostro'.

lunes, 24 de febrero de 2020

Safo de Mitilene, "Himno a Afrodita" [principios del siglo VI antes de Cristo]

"A ti, en tu trono multicolor, inmortal Afrodita,
hija de Zeus, tejedora de ardides, yo te suplico:
¡no me paralices con melancolía y hastío,
oh, soberana, el ánimo!

Ven aquí, como hacías antaño,
cuando oyendo mi voz desde lejos
me escuchabas y abandonando la casa paterna
venías.

Unciendo al carro dorado bellos y veloces
te traían alrededor de la oscura tierra,
batiendo velozmente las alas en remolino, desde el cielo
a través del éter.

Llegaban pronto y tú, bienaventurada, sonriendo
con tu inmortal rostro preguntabas
cuál era mi padecimiento y por qué
te llamaba nuevamente.

Y que lo que más deseara en mi corazón atormentado
lo tendría. ¿A quién pretendes que Peitho conduzca
hacia tu amor? ¿Quién, oh, Safo,
te causa pena?

Pues si ahora huye, pronto perseguirá,
si no acepta regalos, en cambio ella te lo dará,
y si no ama, ¡pronto amará
aun contra su voluntad!

¡Ven hacia mí también ahora! ¡Líbrame
de pensamientos tristes y haz
que se cumpla lo que mi corazón ansía!
¡Sé tú misma mi compañera de lucha!"


En lo que se conoce como "Himno a Afrodita", Safo canta, sutilmente, probablemente durante un banquete para celebrar a la diosa, un requerimiento velado dirigido a una de las muchachas que componían su círculo. Safo, que reza devota, movida por una profunda necesidad de su corazón, suplica, con insinuación, piedad, salvación, ayuda, realización de sus deseos, haciendo hablar por ella a la mismísima Cipris. Ya una vez le auxilió Afrodita y colmó su ansia, ¿no podrá volver a liberarla del sufrimiento? ¿Y qué clase de sufrimiento ha de paliar? El sufrimiento por el tedio de la vida, el hastío melancólico que extingue la llama de la vida: Safo ruega a la diosa que no le contenga, paralice, quiebre, que el hastío no mate su voluntad de vivir.

jueves, 20 de febrero de 2020

Eurípides, "Medea" [431 antes de Cristo]

Medea, la sabia hechicera, la valiente amante que renunció a su patria y a su familia por el amor de Jasón, despechada, herida en su altivo orgullo, el antaño comandante de los Argonautas la ha repudiado aceptando contraer matrimonio con la hija del rey de Corinto, Creúsa, planea su terrible venganza: asesinará al rey Creonte y a su hija, la prometida de Jasón, y, horrible desenfreno, también asesinará a sus propios hijos, Mérmero y Feres. Una antiquísima historia de celos y venganza, las pasiones destructoras de Medea. Y el primer ejemplo de drama erótico de Eurípides que ha llegado a nosotros, una obra presentada al concurso ateniense el mismo año en que estalló la Guerra del Peloponeso, en la que el inmortal poeta expresa abiertamente, a través de la bárbara y criminal Medea, las quejas de las mujeres atenienses, sin libertad para escoger su boda, sometidas a un marido que desconocen...


"MEDEA. Mujeres de Corinto, he salido de casa para que no me censuréis. Pues bien sé que son muchos los mortales que han nacido orgullosos -unos se ocultan a la vista, otros se muestran en la puerta-; algunos, al contrario, con sus modos suaves, han adquirido la fama deshonrosa de incapaces. Pues no existe justicia en los ojos del mortal, que antes de conocer a fondo los sentimientos de otro hombre le odia con sólo haberlo visto, sin recibir agravio.
Un extranjero debe hacerse solidario con la ciudad al máximo: tampoco alabo al ciudadano que por soberbia zahiere a sus conciudadanos, en su ignorancia. A mí este suceso inesperado que me ha caído encima, me ha destrozado el alma: estoy desecha y, perdida la alegría de vivir, deseo la muerte, amigas. Pues aquel hombre en quien estaba todo para mí, lo sé bien, mi esposo, ha resultado el ser más miserable.
De cuantas cosas tienen vida y pensamiento, nosotros las mujeres somos el ser más desgraciado. Pues, primero, debemos con derroche de riquezas comprarnos un esposo y consentir un amo de nuestro cuerpo: éste es un mal mayor que cualquier mal. Y hay el riesgo más grande de tomar un esposo malo o bueno. Pues no dan buena fama los divorcios a las mujeres y tampoco es posible el negarse al esposo. Llegada a nueva y nuevas leyes debe ser adivina la mujer, pues por su casa no lo sabe, de qué clase de marido va a tener. Y si eso lo hacemos bien y nuestro esposo vive con nosotras sin soportar el yugo de mal grado, envidiable es la vida; pero si no, morir es lo mejor. Un hombre en cambio, cuando se cansa de estar con los de casa, sale fuera y libra de su hastío el corazón volviéndose a un amigo o compañero; pero a nosotras nos es fuerza mirar a un alma sola. Y dicen de nosotras que vivimos vida sin riesgo dentro de la casa y que ellos luchan con la lanza. Razonan mal: tres veces yo querría resistir a pie firme al lado del escudo mucho más que parir una vez sola.
Pero no es válido para ti y para mí este mismo discurso. Tú tienes esta tu ciudad y la casa de tu padre y el disfrute de tu vida y el trato con amigos, mientras que yo, abandonada y sin ciudad, sufro el ultraje de este hombre, botín tomado en tierra bárbara, sin tener una madre, un hermano o un pariente para allí echar el ancla lejos de esta desgracia.
Hay una cosa que deseo lograr de ti: si encuentro algún recurso, alguna trama para dar a mi esposo su castigo por estas mis desgracias, así como al que le entregó a su hija y aquella a la que dio en matrimonio, pido que calles. Pues la mujer en lo demás está llena de miedo y es cobarde en la lucha y para contemplar de frente el hierro; pero si es agraviada en su lecho, no hay cerebro que sea más asesino."

(Eurípides, "Medea", 431 a.C.)

martes, 18 de febrero de 2020

Hesíodo, "Trabajos y días" [en torno al 700 antes de Cristo]


"Oculto a los hombres tienen los dioses el sustento,
pues fácilmente, si no, podrías trabajar en un día,
para tener para el año estando ocioso.
Al punto dejarías el timón sobre el humo
y se acabaría la faena de los bueyes y los mulos laboriosos.
Pero Zeus lo ocultó irritado en su corazón
porque le engañó Prometeo de mente retorcida;
por ello urdió contra los hombres penosas calamidades
y ocultó el fuego. Robolo a su vez del sabio Zeus
para los hombres el noble hijo de Jápeto
en hueca caña, a escondidas de Zeus que goza con el rayo.
Irritado con él dijole Zeus amontonador de nubes:
'Japetiónida, que sabes tú más que nadie,
disfrutas con robarme el fuego y engañar mi mente,
enorme calamidad para ti mismo y para los hombres venideros.
A cambio del fuego dareles un mal con el que todos
gocen en su corazón mientras abrazan su propia desgracia."

Zeus va a convocar a Hefesto, Atenea, Afrodita y Hermes para crear la primera mujer: Pandora. Hefesto la moldea con agua y arcilla, Hermes le da vida y fuerza y le dota de voz, Atenea y Afrodita la visten y la adornan. Pero Hermes, junto con el don de la voz, le concede la habilidad de la mentira y una mente taimada. Prometeo, suspicaz ante los presentes envenenados de Zeus, está prevenido, comprende que del soberano del Olimpo sólo pueden provenir regalos malintencionados, y avisa cautelosamente a su hermano Epimeteo. Pero Epimeteo, 'tardo de entendederas', cae rendido ante los encantos de Pandora y la deja entrar en su casa convirtiéndola en su esposa, primera esposa de la humanidad. Instigada por Zeus, que excita incisivo su curiosidad, Pandora va a abrir la misteriosa vasija que contiene todos los males de la humanidad, condenándola para el resto de sus días a una vida de penalidades, injusticias y trabajos fatigosos. El mito de Pandora: el mito de la insaciable curiosidad de la mujer y su responsabilidad en la caída del género humano.

"Antes vivían, en efecto, las razas de hombres en la tierra
al margen de males y del molesto esfuerzo.
y de las penosas enfermedades, que traen la muerte a los hombres
(pues en la desgracia enseguida envejecen los mortales).
Pero la mujer quitó con sus manos la enorme tapa de una tinaja
y los esparció, procurando penosas cuitas a los hombres.
Solo la esperanza quedaba allí dentro en infranqueable morada
bajo el borde de la tinaja y no se salió fuera,
pues antes aquella le puso encima la tapa de la tinaja
por voluntad de Zeus acumulador de nubes portador de la égida.
Otras infinitas calamidades pululan entre los hombres,
llena está la tierra, llena está la mar de males,
y cada día hay enfermedades para los hombres, que van y vienen
a su antojo en la noche acarreando males a los mortales
en silencio, porque Zeus omnisciente las privó de habla.
Así, la voluntad de Zeus no es posible evitarla."

(Hesiodo, "Trabajos y días", en torno al 700 antes de Cristo.)