martes, 23 de abril de 2019

Jacques Tati, "Playtime" [1967]

Una sinfonía urbana de un París asfixiante, que despliega una sutil mofa de los objetos de la modernidad: la puerta de cristal, las sillas con respaldo en forma de corona, las ventanas por las que se ve un apartamento entero, los sillones que se aplastan y hacen ruidos confusos, la rotonda que se convierte en los caballitos, los porteadores de una luna que parecen bailarines, las puertas fabricadas con un material silencioso para evitar el estruendo de los portazos, o las máquinas electrónicas con botones incomprensibles. Y que contiene una divertida burla de los comportamientos absurdos de los individuos de la ciudad moderna: la imitación del estilo norteamericano, la presunta sofisticación que desprende el uso de neologismos, la grotesca gesticulación cortante e inquieta de quien se pretende interesante, la despreocupación beoda de otro turista con fajos de billetes para derrochar, o el extrañamiento omnipresente que transforma a los habitantes bípedos en seres escandalosamente estúpidos. Creo estar ya cerca de la torpeza rebelde, juguetona e infantil de Monsieur Hulot, un moderno hombre de la multitud, incluso un orgulloso vagabundo que recupera la cómica y mágica experiencia callejera de la infancia, si la ciudad estructura opresiva el aislamiento, nuestra curiosidad de chavales indomables subvertirá códigos, resortes y diseños virtuales. Eso quizá sea.


"No es nada casual que algunos de los movimientos más beligerantes en la reconsideración en clave creativa de las formas de apropiarse de la ciudad -de los simbolistas del XIX al grupo Stalker, pasando por las primeras vanguardias o los situacionistas- pusieran ese énfasis en la necesidad urgente de reinfantilizar los contextos de la vida cotidiana. Reinfantilizar como restaurar una experiencia infantil de lo urbano: el amor por las esquinas, los portales, los descampados, los escondites, los encuentros fortuitos, la dislocación de las funciones, el juego. No en el sentido de volverlos más estúpidos de lo que los han vuelto los centros comerciales y las iniciativas oficiales de monitorización, sino en el de volver a hacer con ellos lo que hicimos -sin permiso- de niños. Hacer que las calles vuelvan a significar un universo de atrevimientos, que las plazas y los solares se vuelvan a convertir en grandiosas salas de juegos y que la aventura vuelva a esperarnos a la salida, a cualquier salida. Recuperar el derecho a huir y esconderse. Espacios tan perdidos como nuestra propia niñez, a los que la sensibilidad de algunos creadores cinematográficos no ha podido se ajena: François Truffaut, Jacques Tati, Víctor Erice y, sobre todo, Yasujiro Ozu, cuya mirada estuvo siempre a la altura de la de los niños."

(Manuel Delgado, "Sociedades movedizas", 2007.)

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