miércoles, 13 de febrero de 2019

Kristin Ross, "Lujo comunal. El imaginario político de la comuna de París" [2016]

La Comuna fue un acto audaz de internacionalismo, un intento de reiniciar la historia de Francia, París ya no quería ser su capital, los comuneros gritaban 'nuestra bandera es la bandera de la República Universal' mientras desmantelaban la burocracia estatal, el ejército profesional y la policía. Era el exponente del internacionalismo obrero, el laboratorio internacionalista de las tareas revolucionarias. Karl Marx escribía en su famoso opúsculo de junio de 1871, "La guerra civil en Francia", 'París ya no era el lugar de encuentro de terratenientes británicos, absentistas irlandeses, exesclavistas y otros rastacueros americanos, expropietarios rusos de siervos y boyardos de Valaquia', la Comuna era la patria de todos los extranjeros, la cuna de La Internacional, 'había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre los que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase', era el acontecimiento a masacrar: Thiers y los versalleses inauguraban la Tercera República, la nación francesa, con la aniquilación de los comuneros.


La educación integral para 'emancipar el trabajo a cada hombre'. La Comuna decretaba la obligatoriedad de la enseñanza, ¿con qué objetivo?, el de convertir a niños y niñas en seres capaces de utilizar de forma satisfactoria las manos y la inteligencia: aprender uno o varios oficios útiles para escapar de la especialización forzada. Los obreros se convertirán en poetas y los poetas en obreros, la clásica división entre trabajo manual y trabajo intelectual será quebrada: que todos puedan jugar con las palabras y las imágenes será obra del lujo comunal, la transformación de las coordenadas estéticas de toda la comunidad. La Federación de Artistas se ocupaba de que un número creciente de actividades tuviera el estatuto artístico, se trataba de 'cooperar esforzándonos por nuestra regeneración, el nacimiento del lujo comunal, esplendores futuros y la República Universal'; la belleza florecerá en los espacios compartidos en común, no sólo en los museos, cotos privados especiales donde se encierran lo que se ha establecido como bellas artes. El lujo comunal, la igualdad en la abundancia, la superación de las falsas dicotomías teóricas en el campo artístico, lo práctico y lo bello, lo utilitario y lo poético, lo que se usa y lo que se atesora, la posibilidad de extender el arte y sus atributos a la vida cotidiana, a las diferentes actividades humanas, como enseñaba William Morris. Otro célebre comunero, Elisée Reclus, escribía 'tan pronto como el trabajo apasiona, en cuanto da alegría, el trabajador se convierte en artista'. No se trataba de repartir la miseria, sino de compartir lo mejor de las potencialidades humanas: abolir la propiedad privada y el Estado, destruir el comercio internacional y construir la abundancia regional, redescubrir las bondades de la ayuda mutua, la belleza de la naturaleza, en definitiva, construir la Comuna, la agrupación de iguales que no conoce fronteras ni muros.

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