martes, 8 de enero de 2019

Madame de La Fayette, "La princesa de Clèves" [1678]

"La ambición y la galantería constituían el alma de la corte e inficionaban por igual a los hombres y a las mujeres. Había tantos intereses y tan diversas intrigas, y las damas tomaban tanta parte en ellas, que el amor andaba siempre mezclado con los negocios y los negocios con el amor. Nadie permanecía tranquilo ni indiferente; todo el mundo se preocupaba de medrar, de agradar, de servir o de perjudicar; el aburrimiento y la ociosidad eran allí desconocidos y en cambio los placeres y las intrigas ocupaban la atención de todos."

("La princesa de Clèves", Madame de La Fayette, 1678.)


¿Qué pasaría si las mujeres empezaran a cuestionar el amor? ¿Si se rehusaran a él, no por rigor, pudor o vanagloria, ni por mor de religión ni de moral cristiana, sino por lucidez, por vital necesidad de autonomía, por defender un sosiego incompatible con su vivencia? ¿Qué pasaría si se asumiera extensivamente que el amor en el matrimonio sólo es una anomalía patológica, y que fuera de él es un constante exponerse a todas las traiciones y a todos los ridículos, un tormento, un inminente riesgo de autodestrucción y destrucción del otro? Maldición, que siguiendo esta novelesca ambivalencia desmitificadora y mitificadora del amor de Madame de Clevés, me he enamorado: chico, sólo te acercarás a ella para escuchar cómo te susurra un dolorido 'Adiós'.

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