sábado, 5 de enero de 2019

Umberto Eco, "El nombre de la rosa" [1980]

Entre aquellos de la Baja Edad Media que predicaron que todas las cosas deberían ser comunes, los Hermanos Apostólicos, los 'mínimos', resuenan con fuerza en nuestras décadas. Umberto Eco los rescató en el maravilloso "El nombre de la rosa", con el personaje del jorobado, Salvatore, 'penitentiam agite', y su amigo el monje Remigio da Varagine, que serán juzgados por el inquisidor dominico Bernardo Gui, un personaje tenebroso que existió realmente, real azote de herejes, una de sus obras se titulaba "Practice Inquisitionis hæreticae pravitatis", "Práctica de la Inquisición en la depravación herética". Los Hermanos Apostólicos era la secta milenarista alumbrada por Gerardo Segarelli a finales del siglo XIII, una irredenta desviación franciscana, los elegidos para restituir la pobreza de los primitivos cristianos, defensores de la libertad sexual, la comunidad de bienes, la igualdad entre mujeres y hombres, la relación directa con Dios, el sacerdocio universal, la abolición de los recintos sagrados. Fray Dulcino de Novara, hermano apostólico, tras el martirio de Segarelli, escribió una serie de cartas de gran impacto entre la comunidad apostólica: profetizaba el descenso del Espíritu, la Nueva Edad de la justicia y la abundancia, la comunidad de contempladores en perfecta caridad, un descenso que había que precipitar mediante una orgía de destrucción y muerte entre la jerarquía eclesial. Tras las batallas de su tiempo, derrotados los apostólicos y sus aliados, fue apresado, atrozmente torturado y prendido en la hoguera de la Inquisición. Tengo que hacerme con “Fray Dulcino y Margarita. Mesianismo igualitario y resistencia montañesa” de Tavo Burat.


"Y quemamos y saqueamos, porque habíamos elegido la pobreza como ley universal y teníamos derecho a apropiarnos de las riquezas ilegítimas de los demás, y queríamos desgarrar el centro mismo de la trama de avidez que cubría todas las parroquias, pero nunca saqueamos para poseer, ni matamos para saquear: matábamos para castigar, para purificar a los impuros a través de la sangre. Quizás estábamos poseídos por un deseo inmoderado de justicia; también se peca por exceso de amor a Dios, por sobreabundancia de perfección. Éramos la verdadera congregación espiritual, enviada por el señor y reservada para la gloria de los últimos tiempos. Buscábamos nuestro premio en el paraíso anticipando el tiempo de vuestra destrucción. Sólo nosotros éramos los apóstoles de Cristo, todos los otros le habían traicionado. Y Gherardo Segalelli había sido una planta divina, 'planta Dei pullulans in radice fidei'. Nuestra regla procedía directamente de Dios, ¡no de vosotros, perros malditos, predicadores mentirosos que vais esparciendo olor a azufre y no a incienso, perros inmundos, carroña podrida, cuervos, siervos de la puta de Aviñón, condenados a la perdición eterna! Entonces yo creía, y hasta nuestro cuerpo se había redimido, y éramos las espaldas del Señor, y para poder mataros a todos lo antes posible había que matar incluso a otros que eran inocentes. Queríamos un mundo mejor, de paz y afabilidad, y la felicidad para todos; queríamos matar la guerra que vosotros traíais con vuestra avidez. ¿Por qué nos reprocháis la poca sangre que debimos derramar para imponer el reino de la justicia y la felicidad? Lo que pasaba... lo que pasaba era que no se precisaba mucha, no había que perder tiempo, e incluso valía la pena enrojecer toda el agua del Carnasco, aquel día en Stavello, también era sangre nuestra, no la escatimábamos, sangre nuestra y sangre vuestra, lo mismo daba, pronto, los tiempos de la profecía de Dulcino urgían, había que acelerar la marcha de los acontecimientos..."

(Umberto Eco, "El nombre de la rosa", 1980.)


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